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Se desploma el peso, regresa el FMI y cae la imagen de Macri


En las últimas dos semanas, mientras una lluvia macóndica de 18 días de duración empapa a Buenos Aires, los argentinos afrontan una crisis financiera de proporciones gigantescas, similar a la que provocó el terremoto social del 2001. Y el presidente Mauricio Macri, que hace pocos meses parecía un seguro candidato a la reelección presidencial del año próximo, ahora se ve obligado a sacar el agua a baldazos en un bote que se hunde.

En un contexto continental en el que los Estados Unidos aumentan las tasas y devalúan tanto al peso mexicano como al argentino, retornan, temibles, los fantasmas del pasado reciente. Empezando por el regreso a la Argentina del Fondo Monetario Internacional (FMI), con el cual Néstor Kirchner había roto lanzas en el 2006, pagándole al contado una deuda que superaba los 9 mil millones de dólares, como costo inevitable para no recibir más sus recomendaciones recesivas.

Un lujo que pudo darse el fallecido exmandatario merced a los altos precios que se pagaban entonces en el mercado mundial por las materias primas que exportaba y sigue exportando Argentina; especialmente la soja. Pero los precios bajaron, cesó el viento de cola externo y Cristina Fernández, la esposa y sucesora de Kirchner, debió meter la mano en las cajas de jubilaciones para financiar un déficit fiscal que fue expandiéndose a velocidad meteórica.

Ahora, Macri ha vuelto a recurrir al FMI solicitando un crédito stand-by por 30 mil millones de dólares, que supondrá exigencias imposibles de cumplir en un país con un 30 por ciento de pobres en el que, día a día, cierran, pequeñas y medianas empresas por la inflación y las tarifas desorbitadas de los servicios públicos.

Con el último empréstito en trámite, la creación de nueva deuda, en los dos años y medio que lleva Macri, supera ya los 132 mil millones de dólares, colocando a la Argentina como el mayor emisor de deuda soberana del mundo, en el bienio 2016-2018. Por encima de Arabia Saudita y de Indonesia.

En un gobierno donde prevalecen CEO’S de grandes empresas y bancos del sector privado, que mantienen sus propios patrimonios en el exterior, resulta difícil atribuir el vertiginoso ritmo de endeudamiento a una mala gestión; los analistas más agudos prefieren hablar de “buenos negocios”. Una forma solapada de corrupción, aún más dañina que la perpetrada durante el kirchnerismo y que le ha servido al gobierno de Macri como tapadera de sus propios vicios.

Pruebas al canto: según el Observatorio de Deuda Externa de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), mientras el gobierno contraía deuda hasta por cien años de plazo, la fuga de divisas totalizaba 82.087 millones de dólares, que fueron a sumarse a los más de 400 mil millones escapados del país en años anteriores. El dinero de los préstamos y los bonos entra por una ventana y sale por otra.

Para el economista Claudio Lozano, ex diputado federal y uno de los fundadores de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), el endeudamiento histórico y actual del país, es producto de una “matriz productiva deforme, decisivamente basada en el extractivismo y la exportación de materias primas sin valor agregado, con una industria que debe comprar todas los bienes intermedios que necesita en el exterior.

Mientras tanto, la Argentina sufre el permanente saqueo de sus recursos naturales por parte de capitales foráneos. “Como lo demuestra el caso de la empresa española Repsol, que creció de manera exponencial cuando fue dueña de la argentina Yacimientos Petrolíferos Fiscales y se convirtió en la quinta petrolera del mundo, sin contar con una gota de petróleo en su país natal”.

Según Lozano, la nueva crisis (como las anteriores) es política antes que económica y tiene que ver con una distribución totalmente distorsionada del ingreso, en la que el Estado y la sociedad financian “el consumo de los ricos, en el país y en el exterior, adonde solamente en el rubro del turismo se van anualmente 10 mil millones de dólares. Que se agregan a las importaciones suntuarias o productivas, la remisión de utilidades por parte de las grandes empresas o la fuga lisa y llana de capitales”.

A este factor ya de por sí muy grave, Lozano le suma la distorsión en la captación de recursos fiscales que considera perversa: “¿sabía usted que hay 114 mil ciudadanos argentinos con un patrimonio promedio de 15 millones de dólares? Si a cada uno de ellos el Estado les cobrara un módico impuesto de 75 centavos de dólar se acabaría el hambre en la Argentina”.

Lejos de tender a disminuir la desigualdad, el gobierno la incrementa con tarifas salvajes que contribuyen al empobrecimiento de las mayorías y al vertiginoso enriquecimiento de capitales privados nacionales y extranjeros, como algunas empresas públicas. “Metrogas, por ejemplo, aumentó su utilidad anual en 1.100 por ciento, Edenor (energía eléctrica), en un 1200 por ciento”.

A ese panorama tan desigual, el Banco Central, presidido por el monetarista ortodoxo Federico Sturzenegger, le sumó la elevación al 40 por ciento de la tasa de interés y una venta de divisas que superó los 7 mil millones de dólares en un día. Como expresión dramática de una hemorragia cambiaria que no cesa de fluir, aunque en cantidades menores, hasta el momento de escribir este artículo.

Por ahora los ciudadanos se limitan a comentar “esto ya lo vivimos” y la generalización del fastidio y el temor es evidente, pero nadie puede negar -conociendo la volatilidad política de esta sociedad- que esta costumbre gubernamental de apagar los incendios con gasolina no provoque un estallido de proporciones.

Por Miguel Bonasso, exclusivo para Aristegui Noticias

 

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