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Enzo Maqueira: "Hoy en día la gran literatura argentina pasa por las mujeres"

Un hombre deja todo para irse al sur, a la casa de sus abuelos, donde pasó todos los veranos de su infancia. Abandona así el caos de la gran ciudad, a su mujer y a su trabajo. El protagonista de Hágase usted mismo (Tusquets), la nueva novela de Enzo Maqueira, quiere empezar otra vez. Renacer y ser director de cine. Atormentado por los recuerdos de su infancia y de la relación enfermiza que mantuvo con su ex pareja, pero también por las circunstancias que lo aquejan en San Benito, intenta escribir una película. Está ávido de reconocimiento. Quiere dejar su huella. Es, como dice el narrador, uno más que piensa que el arte lo va a salvar de la mediocridad.

Hágase usted mismo ve la luz cuatro años después de la publicación de ElectrónicaEn esa novela Maqueira expuso sus observaciones sobre una clase media que en los noventa saboreó las mieles de un modelo que después repudió, confundida, sin saber a qué aferrarse: los personajes aplacaban su desconcierto con sexo, drogas y música electrónica. En abril de 2016, cuando la obra acababa de reeditarse por tercera vez, cinco jóvenes murieron en la fiesta Time Warp. La tragedia reavivó el debate sobre el consumo de estupefacientes y el autor fue invitado a participar de varios programas de televisión abierta. Era el salto que le faltaba. "No quería ir a vender más libros por lo que había pasado, pero sí me entusiasmaba mucho la idea de decir cosas que no se suelen decir", recuerda. Y explica: "Me interesa el escritor que interpela en la escena pública. Como están dadas las cosas, la gran batalla es la mediática. Si no participamos, nos van a comer los piojos".

Hágase usted mismo parece a simple vista muy distinta a Electrónica, pero de algún modo ambas novelas comparten preguntas, y reflejan las mismas inquietudes de una generación. ¿Estás de acuerdo?

—Me parece que son los temas. El gran tema de Hágase usted mismo, al igual que en Electrónica, es cómo encontrarle un sentido a la vida. En esta época hay muchas cuestiones que están resueltas para ciertos sectores. Hay como una sobreabundancia de universitarios, de consumos culturales, de disponibilidad de entretenimiento, de acceso a viajes, de comprarte cosas… Hay como mucha disponibilidad de consumo, tanto de experiencias como de bienes y personas. Y estamos como siempre con esa sensación de que hay algo que nos estamos perdiendo. Pese a que parece que lo tuviéramos todo, obviamente no lo tenemos. Tenemos acceso a todo y sin embargo hay algo que no termina de cerrar, no sé si a esta generación, o a los que nos tocó vivir este tiempo. Ya son varias las camadas que van pasando por las mismas experiencias. Ese es el hilo conductor que atraviesa ambas novelas: la sensación de hay que algo más, o de que en la vida debería haber algo más. Y la incapacidad de encontrarlo o ni siquiera saber por dónde buscarlo. En Electrónica se aferraban al pasado y lo buscaban en las drogas, el amor y las emociones intensas de la noche. En Hágase usted mismo, el tipo dice que el camino no es hacer plata, tener trabajo y vivir en una gran ciudad, sino irse a la mierda y convertirse en artista.

 

—La novela refleja esa aspiración del viaje como una oportunidad para ordenar la cabeza y volver siendo otra persona, algo habitual en cierto segmento de la clase media.

—Sí, de que el viaje te va a salvar de algo. Y lo que dice la novela es eso: que por más que te vayas adonde te vayas el problema está adentro tuyo, no lo vas a resolver por irte. O puede que tengas alguna punta… En la literatura la idea del viaje está recontra superexplotada, la famosa novela de aprendizaje en la que el protagonista se va a algún lado y vuelve convertido. Pero acá no aprende demasiado. Hay como dos grandes acuerdos en nuestra contemporaneidad. Uno es que no hay nada más importante que ser feliz, lo cual es totalmente discutible: capaz es más importante ser solidario, o ser un mártir por una causa justa. Eso viene de la mano con que nos dicen que es lo más importante que hay, pero no nos explican cómo hacerlo. La única manera en que sabemos que se puede hacer es a través del consumo, que es lo único que nos enseñaron. El otro gran acuerdo es el tema del viaje, que viajar está bueno y que te va a hacer bien. Sí, probablemente te haga bien, pero entre eso y confundirlo como un nuevo horizonte de vida… Todo el tiempo nos estamos chocando contra la pared. Probablemente el error es creer que hay que ir para algún lado.

—La acción se desarrolla en San Benito, un pueblo que no existe, ¿qué elementos tomaste para construirlo?

—Está muy inspirado en un barrio en las afueras de Comodoro Rivadavia. Como el protagonista, yo pasé todos los veranos de mi infancia en la casa de mis abuelos, en General Mosconi. Iba regularmente todos los veranos hasta los 15, que murió mi abuelo. Desde entonces no fui tanto y hace como diez años que todos los veranos voy. Por lo general me voy solo, con una novela que estoy terminando o empezando. Voy mucho a desconectar de Buenos Aires, a escribir y a focalizarme también en la lectura. Suelo llevar bodoques: el Ulises de Joyce es candidato para el próximo verano, porque acá no lo puede leer.

—¿Por qué San Benito y no Mosconi?

—Mi idea era preservarlo. Quería que no se supiera, que fuera mi lugar. Después cuando me preguntan lo digo, así que es medio estúpido. Lo hace Puig con Villegas, que es General Vallejos. Está Macondo de García Márquez. Soy muy latinoamericanista en ese sentido. También imaginé que San Benito podría ser escenario de futuros novelas.

—Las referencias al cine por momentos parecen prescindibles, como si respondieran más una voluntad de homenajear que a una necesidad narrativa.

—En un momento pensé: ¿por qué al personaje le gusta Godard, Truffaut y tiene todos los gustos de hipster de clase media? ¿Por qué no Titanic, Volver al futuro? De alguna manera yo quería no sé si rendir un homenaje, aunque puede que haya algo de eso, pero trabajar con esas obras y creadores que me habían significado algo tanto en lo que escribo como en lo que vivo. Hace diez, 15 años que empecé a ver cine clásico, lo que antes llamábamos cine clásico, y me gustó mucho. Sin duda tuvo mucha influencia en cómo escribo. Antes escribía más a partir de lo que leía. Y desde entonces siento que escribo más a partir de lo que veo,  sobre todo la Nouvelle Vague, el cine italiano, Lucrecia Martel, Kim Ki-duk. Son los artistas que me interesan, los que se reinventan, que van por su cuenta, hacen la suya y no se suben a ninguna moda. Un poco la emoción prevalente en el libro era la sensación de que se está perdiendo un poco eso. Eso de que entres a Netflix, busques "cine clásico" y aparezca Jurassic Park me parece terrible. Más que un homenaje, quería que el libro fuera un refugio. Acá, en este libro, los clásicos siguen siendo los que eran clásicos y no se van a ir de ahí.

"Necesita paz y tranquilidad. Filmar su película, sí. Por egoísmo", se lee en la novela. ¿Se escribe por egoísmo?

—Yo creo que sí, todo se hace por egoísmo. Todos los egos están expuestos, incluso los de aquellos que pretenden ocultarlos. Es como el que te dice que odia la política, y desde la anti política te habla de política. Me parece que una marca de este tiempo es el egoísmo, la supervivencia te lleva indefectiblemente a eso. Y esa idea de que hacer arte es importante para la humanidad y dejás un legado y le hacés bien a la literatura o a la pintura me parece una gilada absoluta, es haberse comido el verso. Un artista es una persona tan normal, igual e inútil que cualquiera de las personas que nos rodean. Hay gente más útil: un médico o un maestro, por ejemplo. Pero el hecho de que seamos inútiles no quiere decir que no tengamos otra utilidad. En una sociedad como esta, donde todo tiene un precio y todo sirve para algo, se usa y se descarta, hacer algo inútil tiene una utilidad.

—Entre esta novela y la anterior describiste los que para vos son los principales aspectos de una generación. Sos profesor universitario, tendrás contacto con gente de 18, 19, ¿qué ves en ellos?

—Hasta hace un no mucho tiempo sentía que estábamos más o menos en el mismo plano de las referencias culturales. Ahora me doy cuenta de que no. Me nombran cosas de las que no tengo idea y les nombro cosas de las que no tienen idea. Eso sería lo negativo. Lo positivo lo vi en mis clases con respecto al feminismo. Hace cinco años llevé a una amiga feminista a dar una charla a un curso donde la mayoría eran chicas. Se enojaron, putearon, todas indignadas. Esa ira que provocaba el feminismo en sus comienzos, la ira que te provoca cuando te hacen ver algo que no querés ver. Y en las semanas anteriores me pasó que el 80% del curso tenía el pañuelo verde y estaba pendiente de qué pasaba. En cinco años cambió absolutamente de un rechazo pleno, de hablar de feminazis y enojarse con una feminista y conmigo, a todas las chicas con el pañuelo verde. Eso me hace pensar que no estamos tan mal.

—En Electrónica se leía: "Nuestros abuelos hicieron el esfuerzo de empezar de cero, nuestros padres hicieron la plata, a nosotros nos queda buscar la felicidad". ¿Cuál es el mandato de quienes son jóvenes hoy?

—La obligación que tendrían es la de luchar por sus derechos y no dejar que los pisen y los avasallen. Las chicas hoy están a la cabeza de una revolución, de un movimiento importantísimo, creo que están haciendo las cosas bien y tienen que seguir haciéndolo. Y los pibes creo que tienen que empezar a pensar un poquito más, me parece que hay que trabajar bastante más en el tema de deconstruirse, de ser varones no heteropatriarcales o antipatriarcales. Y en general, tanto hombres y mujeres, me parece que este sistema tan salvaje y orgiástico del capitalismo tecnocrático requiere de una juventud muy rebelde, muy organizada y muy preparada para responder.

—Hace unos años, en la previa de la primera marcha de Ni una menos, publicaste un texto que se titulaba "Perdón por ser parte del monstruo", en el que reconocías un pasado machista. ¿Por qué sentiste que tenías que escribirlo?

—Lo había escrito para mi blog en la época de los blogs. No me acuerdo qué sentí. Me desperté, se me abrieron los ojos. También tuvo que ver con que yo tuve una infancia bastante alejada a lo que se esperaba de mí por ser varón. Yo fui a un colegio de curas, solo de varones, donde salía mucho pegarse, jugar al fútbol, escupirse… Yo era medio nerd o nabo y para ellos era un maricón, un puto. Eso hizo que de chico yo sufriera bastante la dictadura del patriarcado. Siendo varón, heterosexual y todo, como que no encajaba. Por eso siempre tuve bastante empatía con el universo gay. Y creo que de ahí a tener empatía con el feminismo es nada. Era cuestión de que algo me hiciera click. Me imagino que en ese momento me habrán sobrado razones. Cuando salió tuve un montón de críticas, se me recontra cagaron de risa, me putearon, otros me aplaudieron…

—¿Por qué lado venían las críticas?

—Que sos un pelotudo, que hacete cargo, los tipos diciéndome que violé… Venía por el lado de no querer hacerse cargo. Yo no conozco un solo varón de la edad que sea que no tenga algo mínimo sospechoso en su pasado. No digo violación, golpes, sino micromachismos. Yo no violé ni maté, pero sí critiqué a una mina por ser muy puta, sí cuando me decían que no, no, no yo insistí, insistí e insistí hasta que me dijeron que sí de favor y yo sabía que era de favor y lo hice igual. ¿No me voy a hacer cargo de eso? Escribir ese texto me liberó mucho. Es decir: esto es lo que soy y de lo que estoy arrepentido, no lo voy a hacer más y a partir de ahora me voy a ocupar de deconstruirme. Y si las compañeras me dejan que acompañe lo voy a hacer, y es lo que estoy haciendo. Tratando de no ponerme en un lugar central porque no es la idea…

—¿Cómo es ese lugar desde el que podemos ayudar?

—Dentro del feminismo hay diferencias con respecto a eso. Hay un sector que cree que no podemos ser feministas. Otro que cree que sí. Es complicado, porque uno cree que hace un bien y te das cuenta de que hay un sector que no está tan de acuerdo. Trato de hacer lo que siento, consultándolo todo el tiempo con amigas, compañeras y con las distintas voces. Cada vez que se hace un congreso de mujeres surgen estas diferencias y son cuestiones en las que yo no tengo nada que ver. Yo estoy cuando me lo piden y no estoy cuando me dicen que no. Me parece importantísimo que los varones acompañemos, si no no tiene sentido nada. Vemos a un pelotudo en el Mundial haciendo el mismo chiste de hace 20 años… Yo me considero feminista porque sufrí mucho de chico el patriarcado. Y porque me di cuenta de que fui parte de eso. Así como fui víctima, fui mucho victimario con un montón de actitudes. Y trato siempre de ser la mejor persona posible. Si te das cuenta, ya está. Una vez que abriste los ojos es imposible volver a cerrarlos.

—¿Esta transformación que sufriste se ve en la literatura?

—Sí, la veo en el rescate que se está haciendo de autoras. El hecho de que Sara Gallardo haya estado olvidada tantos años y en los últimos tiempos cada vez se la lea más… Además de escritoras importantes como Mariana Enríquez, Selva Almada, Claudia Piñeiro, Cecilia Szperling, Florencia Abbate, Gabriela Cabezón Cámara… Hoy en día la gran literatura argentina pasa por las mujeres y me parece importantísimo eso, ya tenemos suficientes hombres.

—¿Y cómo ves este proceso en lo que escribís?

—En Ruda macho no fue nada consciente, pero hay algo de eso, del chico que no pertenece al mundo del machito y que por lo tanto es confundido con gay y maricón. El impostor es una novela absolutamente machista, creo que todo el machismo que tenía lo dejé ahí. Cuando escribí Electrónica ya venía con eso en la cabeza y fui muy consciente. La primera versión era sobre un profesor con una alumna, pero cuando la leí me di cuenta de que no quería agregar otro ladrillo en el muro del patriarcado, entonces lo di vuelta y puse a una mujer con un pibe más joven. Eso fue una elección política, tenía mucho que ver con lo que yo estaba viendo, ya no había lugar para esto el tipo grande con la pendejita. En Hágase usted mismo está el tema de la sexualidad del personaje, que es un hétero deconstruido. Me parece que la próxima fase de la revolución del feminismo viene como continuación de la conquista de derechos del colectivo LGBTI. Creo que el siguiente paso es que la heterosexualidad sea puesta en discusión. Pero no decir que son todos putos, que es un discurso que se escucha bastante…

—Una nueva masculinidad.

—Claro. ¿Qué es la heterosexualidad? ¿Sos puto porque te gusta que te metan un dedito en la cola? Eso me parece que es lo que viene y es una militancia que me interesa. Pensar en ser heterosexual, varón, blanco y de clase media sin ser un machirulo pelotudo. Es necesario que desde estos colectivos revolucionarios se les dé lugar a eso, que se les permita acercarse a la deconstrucción. Yo no elegí ser heterosexual. Y ser heterosexual no me convierte en un machirulo, ni en un pelotudo, ni en un retrógrado, ni en un reprimido. Esa es una siguiente fase interesante. Hay mucho por recorrer. Tenemos otros siglos para deconstruir acerca de qué es ser hombre y qué es ser mujer y cómo se vinculan desde lo sexual.

—Decidiste reescribir Electrónica por el contexto que estabas viendo, ¿hasta qué punto no te limita pasar la literatura por ese filtro?

—En el caso de Electrónica, iba a decir algo que era lo que había dicho todo el mundo. ¿Quién no había leído sobre una relación entre un tipo más grande y una alumna? Era una obviedad tan obvia…

—¿Creés que la hubieran tildado de machista?

—Ahora probablemente sí, en ese momento capaz que no. Pero me hubiera parecido una estupidez. No estoy de acuerdo cuando se empieza a juzgar desde el feminismo al arte. Me parece que el arte debe ser lo que deba ser. Y hay que fumársela. Si molesta, mejor, aunque me moleste a mí y a la gente que quiero. El arte está para molestar a los buenos y a los malos, a los de izquierda y a los de derecha, a los que son amigos míos y a los que no. En este caso elegí molestar al otro bando, al del machismo. El arte es interpelación. Cuando escriba algo que no interpele, ahí me voy a preocupar.

FUENTE INFOBAE

https://www.infobae.com/cultura/2018/07/01/enzo-maqueira-hoy-en-dia-la-gran-literatura-argentina-pasa-por-las-mujeres/

 

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