En el Aire: ESQUIVANDO EL EXITO
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¡VIVA MÉXICO, CABRONES!

Mientras Andrés Manuel López Obrador se dirigía a la multitud en la Plaza del Zócalo, en calidad de flamante presidente mexicano, el público alzaba la voz para que se oiga ese viejo cantito que dice que si el pueblo está unido, jamás será vencido. El mismo grito se escucha sobre el filo de Gimme Tha Power, canción consagratoria de Molotov, grabada en el año 1997 e incluida en la primera placa de la famosa banda de rock azteca.

“La Policía te está extorsionando”, arranca la canción, ¿te suena, no? Si no la conocés, creo que me enojo. Bueno, básicamente habla de que México no es el último país de arriba sino el primero de abajo: un abajo que se llama América Latina y que suele enorgullecernos. No sabría explicar bien por qué, pero intuyo que tiene que ver con que no andamos invadiendo a nadie ni destruyendo tierras ajenas, con que no andamos repartiendo a punta de pistola ramilletes de verdad revelada, y con que resistimos alegre y cotidianamente las penurias que nos tocan, solamente por ser de abajo.

Sabemos bien lo que significa tener tatuada la impunidad, lo que es el karma cultural de las fuerzas de seguridad y no poder hacer nada para cambiarlo. “Hay que arrancar el problema de raíz y cambiar al gobierno de nuestro país. A la gente que está en la burocracia, a esa gente que le gusta las migajas”. Corrieron más de 20 años de agua bajo el puente, ¿y cuántas decenas de miles de cadáveres enterrados en los montes como nn? ¿Y cuántos centenares de periodistas y fotógrafos asesinados a cielo abierto? El narcotráfico hizo metástasis en México, y un escenario macabro puede estar pasando a la vuelta de cualquier esquina. Hace un par de semanas, publicábamos una nota a propósito de un video “pro vida” que se había vuelto viral, producido por un medio de información medio piojoso que funciona en Yucatán y que está cargado de denuncias difamatorias, pero que, así y todo, se sigue valiendo de esa clase de producciones berretas que apuestan a la controversia. Y esa nota que escribimos daba cuenta de una situación angustiante que se vive en México, vinculada con la tasa de feminicidios y con una naturalización de la violencia machista, sobre todo en los pueblos del norte donde gobierna sin velo el narcotráfico.

Decíamos que Gimme Tha Power ya está por alcanzar la mayoría de edad y que, así y todo, sigue interpelando a una realidad profundamente actual. Pero el domingo pasado el pueblo mexicano pudo expresar en las urnas un hartazgo que huele a definitivo, pudo hacer eso de “cambiar al gobierno de nuestro país”, después de 80 años de la misma mierda con distinto olor, y está a la expectativa de ver si efectivamente ocurre aquello otro de “arrancar el problema de raíz”. En su primer discurso, una vez confirmado que había alcanzado el 53% de los votos y que se había impuesto en 31 de los 32 estados federales, López Obrador llamó a la reconciliación nacional. Puede que no nos suene bien la palabra “reconciliación”, porque en nuestra tierra suelen pronunciarla los que pretenden desoír los 35 años ininterrumpidos de periodo democrático y hacer las paces con los artífices de la dictadura. Pero es preciso ponerse en la piel de los mexicanos, de los colombianos: sociedades desarticuladas por la guerra que propone el narcotráfico, tantas veces fogoneada desde las entrañas de las instituciones oficiales. Es preciso, para comprender que ahí se juega un sentido profundo y real cuando se habla de “reconciliación”, de un volver a encontrarse y de allanar el camino para que las hormigas retomen su titánica tarea. Este año hubo elecciones en Colombia y la izquierda, si bien no logró imponerse, sentó las bases de su construcción política y afianzó el terreno de su crecimiento popular.

“La transformación que impulsaremos consistirá, básicamente, en desterrar la corrupción y la impunidad de nuestro país. El pueblo de México es heredero de grandes civilizaciones, y por ello es inteligente, honrado y trabajador. La corrupción no es un fenómeno cultural sino el resultado de un régimen político en decadencia”, expresó AMLO, y agregó que el Estado ya no será un comité al servicio de una minoría, sino que representará al pueblo mexicano: “Atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los humildes y a los olvidados: en especial, a los pueblos indígenas de México”. El primer guiño político que apunta directamente al EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), el movimiento indigenista que se ha levantado en armas allá por 1994 y que, desde entonces, desarrolló en las tierras de Chiapas sus propias instituciones, su propia forma de vida alrededor de su origen y sus costumbres, respetando la naturaleza y resistiendo día tras día los embates de los fuerzas parapoliciales al servicio de esa política corrupta que Don Andrés promete desnudar.

“Que se sienta el Power Mexicano, ¡que se sienta! Todos juntos, como hermanos, ¡porque somos más y jalamos más parejo! ¿Por qué estar siguiendo a una bola de pendejos? Que nos llevan por donde les conviene, y es nuestro sudor lo que los mantiene. Los mantiene comiendo pan caliente, y ese pan, ¡es el pan de nuestra gente!”.

Grita fuerte Molotov en ese tema que habrá despabilado en ese momento a una buena parte de la juventud mexicana. Y sigue gritando, porque hay canciones y expresiones artísticas que convocan el sentir nacional y que no se agotan en una generación sino que están en el aire y que en cualquier momento regresan. Es el mismo grito, aggiornándose a los giros de la historia. Dejemos de lado los estériles debates sobre si una canción contestataria debe o no ser tomada como bandera de un despertar político. Celebremos que el espíritu de Gimme Tha Power estuvo en el Zócalo, despejando los fantasmas inoculados durante tantas décadas de terror y dando un paso al frente, con las banderas en alto y con el orgullo herido transformándose en otra cosa.

Unidad Panamericana, Diego Rivera

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