La historia oscura de Amalfi, el pueblo donde nació Daniel Muñoz, el nuevo héroe de la selección

Publicado: 04 / 07 /2024


Cuando Daniel Muñoz nació, en mayo de 1996, en Amalfi, ya se habían fundado las Autodefensas Unidas de Colombia. Tres de sus fundadores nacieron allí. Los hermanos Carlos, Fidel y Vicente Castaño. Además estaba otra familia, los Rendón Herrera, quien fueron conocido en todo el país por sus alias, “Don Mario” y “El Alemán”. En este pueblo de gente laboriosa también nacieron Jesús Ignacio Roldán alias “Monoeleche” quien en el 2004 sería el encargado de asesinar a Carlos Castaño y el peligroso narcoparamilitar Miguel Arroyave, alias “Arcángel”. Esta generación imprimió en este pueblo laborioso de Antioquia en un estigma que, con los logros de genios como Daniel Muñoz, podría diluirse.

A este pueblo siempre ha llegado gente trabajadora. Su riqueza, cimentada en el oro, empezó a traer colonos desde el año 1836. Venían del oriente antioqueño y, a punta de picas, fueron construyendo fortunas que invirtieron en fincas, cultivos, ganado. Durante todo el siglo XX empezaron a vivir la bonanza. Con la riqueza llegaron los grupos armados a Amalfi. El ELN y las FARC aparecieron al principio de la década del 80, cobrando extorsiones, secuestrando. Por esa época Fidel Castaño, el hijo mayor de Jesús Antonio Castaño González, ya se había ido y había regresado con billete a Amalfi. Era una especie de príncipe, arrogante y sedicioso. Desde esa época ya decían que se había vuelto traqueto. Compró tierras, junto con su hermano Vicente, en Segovia, Remedios, el propio Amalfi.

El mito sobre la furia de los Castaño contra las FARC nace del secuestro y posterior asesinato de su papá en 1982. Nunca se comprobó la participación de este grupo armado en el asesinato. Esa fue la excusa que tuvieron los Castaño para despertar una ola de terror. En 1982 asesinaron en la vereda Los Lagartos a veinte personas. Llegaron con lista en mano, acusando a las víctimas de ser colaboradores de las guerrillas. Les sacaron los ojos, les arrancaron la lengua. Los Castaño se empezaron a mover y llegaron a acrecentar a la brava su fortuna. Además, contaban con aliados poderosos, como miembros del batallón de Bomboná en Segovia.

De Amalfi los Castaño, acompañados por vecinos suyos como los Rendón Herrera, Monoeleche y compañía, se ubicarían en Córdoba en donde los ganaderos, acosados también por la insurgencia, los recibieron con los brazos abiertos. Se ubicaron en una finca, llamada las Tangas y cimentaron un imperio criminal que llegó a desafiar al estado colombiano. Aunque bueno, a muchos de ellos los arrodillaron, los hicieron sus aliados. Los paras se establecieron en este pueblo en 1995, con la excusa de cuidar las minas de oro de las guerrillas. Llenaron de informantes al pueblo. Les pagaban a vendedores ambulantes para que denunciaran a cualquier tipo raro que vieran. Un testimonio en contra de alguien bastaba para ajusticiar a esa persona. Según la confesión que le hizo un paramilitar a verdad abierta, entre 1996 y el año 2000 mataron, sólo en Amalfi, a más de doscientas personas. Al no tener río, no había donde echar los cadáveres. Según la confesión de este paramilitar les tocaba descuartizar a la gente y luego enterrarla en una inmensa fosa común a la que llamaban La viborita. Nadie decía nada. La fuerza pública estaba allí para ayudarlos.

Entre 1996 y 2004 asesinaron y desplazaron a cientos de miles de personas las AUC en muchas regiones del país. En el 2004 los paramilitares, comandados por Salvatore Mancuso, fueron aplaudidos por el Congreso. Incluso hubo senadores como Moreno de Caro que hizo fila a Mancuso para tomarse una foto con él. La desmovilización no fue el final de los paras. Los hombres al mando de Don Mario, otro hijo de Amalfi, fueron los que crearon los cimientos de lo que sería después el Clan del Golfo.

Con la desmovilización de los paras Amalfi intentó seguir para adelante. Sin embargo, en el 2014, en una vereda llamada Silencio Monos, fueron asesinadas siete personas que pertenecían al clan familiar de los Rendón Herrera. Empezaban las venganzas por tanta sevicia desplegada por los paras en los años de auge.

Poco a poco Amalfi empieza a exorcizar los viejos fantasmas. La esforzada historia de Daniel Muñoz, un muchacho que a los veinte años era barrista, que ya había perdido por completo la esperanza de ser futbolista profesional, está inspirando a la nueva muchachada que crece en todo ese municipio. El gol de Muñoz contra Brasil, el que nos dio el empate y el primer lugar del grupo, se gritó en toda Colombia. Pero el grito en Amalfi fue más profundo, más liberador. Fue un grito, un desahogo, una cura.



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