De Paraná a la liturgia ricotera: la vida entera del Indio Solari antes de convertirse en mito

Publicado: 05 / 06 /2026

La muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari, reportada este viernes 5 de junio por una cobertura coincidente de medios nacionales, empuja a revisar su biografía desde el principio y con un nivel de detalle que el personaje muchas veces esquivó: antes del mito, antes de las multitudes y antes de la liturgia ricotera, hubo un chico nacido en Paraná el 17 de enero de 1949 que se crió en La Plata, pasó por Bellas Artes, trabajó lejos de la industria y acumuló escenas de juventud que ayudan a entender cómo se formó una de las voces más singulares de la cultura argentina.

Las biografías de referencia coinciden en un dato central: poco después de su nacimiento en Entre Ríos, la familia Solari se mudó a La Plata. Ese traslado fue mucho más que un cambio de domicilio. La capital bonaerense funcionó para el Indio como una fábrica de lenguaje, amistades, lecturas y rebeldías. Allí cursó su infancia y adolescencia, pasó por la Escuela Nº 33, luego por la Industrial Albert Thomas y más tarde ingresó a Bellas Artes. No se trató de un recorrido ordenado. La relación con las instituciones fue, desde temprano, tirante. Wikipedia recupera incluso una referencia del propio Solari sobre aquel tiempo: en esos años, decía, “lo más importante era la rebeldía”.

Esa frase no es un decorado. Ayuda a leer anécdotas concretas. En una entrevista reciente con Julio Leiva, reseñada por el medio platense En Agenda, el Indio recordó un episodio desbordado de juventud que pinta el clima de época mejor que cualquier solemnidad retrospectiva. Contó que, después de un asado con amigos que habían terminado la colimba en City Bell, salieron en varios autos, pasaron por una verdulería, se llevaron mercadería y terminaron en la histórica confitería París de La Plata arrojando zapallos y rompiendo todo, antes de escapar cuando sonaron las sirenas. Después siguieron la noche con otro raid absurdo y terminaron presos. La anécdota es caótica, irreverente y casi cinematográfica; también muestra al Indio antes de la pose del mito, en una juventud atravesada por el exceso, la indisciplina y una energía antisolemne muy platense.

Las fuentes biográficas también remarcan que desde joven estuvo ligado al dibujo, las artes gráficas y la imagen. Ese dato suele quedar a la sombra de la dimensión musical, pero es clave. Solari no pensó nunca la canción como un objeto aislado. La pensó junto a un universo visual, a una iconografía y a una dramaturgia del escenario. En La Plata conoció a Isa Portugheis, amigo de la infancia, y se vinculó con Guillermo Beilinson. A través de ese circuito se acercó a Eduardo Beilinson, el futuro Skay, con quien empezó a componer materiales tempranos que luego serían parte de la mitología redonda.

Rock.com.ar agrega un detalle decisivo para entender esos años iniciales: el Indio participó del clima de La Cofradía de la Flor Solar, la comunidad hippie fundada por Rocambole. No fue un integrante estable, pero sí alguien que respiró ese mundo donde música, plástica, humor, vida comunitaria y contracultura formaban un mismo paquete. Allí se afianzó una idea que más tarde sería esencial en Los Redondos: una banda no como simple empresa musical, sino como artefacto cultural total.

Hay otra estación menos revisada de su vida que suma espesor fetichista y humano a la vez: Valeria del Mar. Un sitio de memoria local, Todo Valeria, reconstruye el período en que el Indio iba y venía entre La Plata y esa localidad costera, donde vivían sus padres en una casa llamada “La trinchera”. Allí hizo trabajos ocasionales en la forestación, en la playa y hasta administró un hotel pequeño, El Alex. También, junto a Guillermo Beilinson, montó un taller de estampado de remeras y telas llamado “El Mercurio”. No es un detalle menor: el futuro líder de Los Redondos pasó por labores concretas, periféricas y alejadas del glamour, mientras iba amasando una sensibilidad hecha de costa, changa, gráfica y amistad creativa.

Ese mismo registro local recupera otra imagen extraordinaria: un Indio con perros llamados Saturno y Nambulú, viviendo casi de manera semisalvaje, leyendo cómics, ciencia ficción, Kerouac, Merton y Dylan, escribiendo cuando quería, pintando y caminando por la playa. El cuadro no sólo alimenta la mística. También explica la mezcla cultural que aparece después en sus letras: alta literatura y lunfardo, filosofía y bar, paranoia moderna y paisaje de descampado.

En Valeria del Mar también aparece una anécdota notable con Leopoldo Marechal. Según ese mismo archivo, Solari lo cruzaba en un drugstore del balneario y lo cargaba gritándole “cuídese de mí, Leopoldo”. La escena, entre insolente y afectuosa, ayuda a entender algo profundo de su formación: el Indio construyó su cultura no desde la reverencia muda, sino desde un trato irreverente con las figuras de autoridad, incluso las admiradas. Ese gesto de no arrodillarse frente al prestigio atraviesa toda su obra pública.

Cuando con Skay y otros músicos fue tomando forma el proyecto de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, esa biografía ya estaba llena de capas. No era la historia lineal de un muchacho que soñaba con llegar al éxito, sino la de alguien que había absorbido gráfica, bohemia, costa, lecturas, changas, marginalidad cultural y violencia institucional. Por eso, incluso cuando Los Redondos explotaron con Gulp! en 1985, el Indio ya parecía venir de otro lado. No debutaba: emergía.

De aquel 1985 queda otra pieza de archivo fetichista: su primera y única entrevista televisiva extensa, recuperada años después por Redondos Subtitulados. Allí Solari definía a Los Redondos como una “producción independiente” y pedía a la gente que cuidara su estado de ánimo “porque las ratas se ríen de nosotros”. Lo impactante es que esas ideas estaban ya plenamente formadas cuando la banda recién ingresaba al circuito discográfico. La desconfianza hacia la maquinaria oficial, la defensa del ánimo como territorio político y la noción de independencia no fueron poses tardías: estaban en el núcleo de su formación.

Después llegaron los discos, la masividad, la disolución de Los Redondos, el regreso con Los Fundamentalistas y la conversión definitiva en mito popular. Pero ese mito se entiende mejor cuando se vuelve a la trastienda. Al pibe de Paraná criado en La Plata. Al alumno expulsado de Bellas Artes. Al amigo de Skay y de Guillermo Beilinson. Al joven que revoleaba zapallos en una noche absurda y después escapaba de la comisaría pensando que lo podían “carnear” por desertor. Al habitante nómade de Valeria del Mar que hacía changas, administraba un hotel, estampaba telas y se reía de Marechal.

Ese conjunto de escenas no reduce al Indio: lo agranda. Porque muestra que el personaje no nació prefabricado. Se fue armando en la intemperie, entre ciudades, lecturas, trabajos precarios, amistad creativa y desacato. Tal vez por eso, cuando finalmente se convirtió en la voz de una multitud, no sonó como un producto de laboratorio sino como alguien que traía encima una experiencia real, contradictoria y profundamente argentina.

Fuentes consultadas