Indio Solari antes del mito: Paraná, La Plata, Valeria del Mar y las escenas secretas de una formación irrepetible

Publicado: 05 / 06 /2026

La muerte del Indio Solari volvió a poner en primer plano al personaje inmenso, pero para entender de verdad por qué su figura terminó siendo tan decisiva en el rock argentino hace falta ir mucho más atrás, a una zona menos repetida y bastante más fascinante: la del pibe nacido en Paraná en 1949, criado en La Plata, formado entre la rebeldía, la gráfica, la bohemia y una vida costera de changas y lecturas que parece escrita para alimentar el fetichismo ricotero.

Carlos Alberto Solari nació el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos. Las biografías consultadas coinciden en que, poco después, su familia se mudó a La Plata y que allí pasó la infancia y la adolescencia. Ese dato, que suele aparecer en un paréntesis biográfico, es en realidad fundamental. Porque La Plata no fue apenas la ciudad donde vivió: fue la ciudad que le dio calle, amigos, escuelas, clima cultural y una relación conflictiva con las instituciones que después iba a marcar su obra.

Rock.com.ar reconstruye algunos hitos de esos primeros años que ayudan a poner carne sobre el mito. En 1966 fue alumno de la Escuela Nº 33, donde conoció a Isa Portugheis, amigo de la infancia y futuro baterista de Los Redondos. También empezó a vincularse con Guillermo Beilinson, hermano de Skay. Más tarde pasó por la Industrial Albert Thomas y, al terminar la secundaria, ingresó a Bellas Artes. La versión más extendida sobre ese paso académico no lo muestra como un estudiante adaptado, sino como un joven que pronto chocó con el molde formal. Wikipedia incluso recoge una vieja alusión suya a ese tiempo: en esa etapa, decía, lo más importante era la rebeldía.

La palabra no era pose. Tenía escenas concretas detrás. Una de las más jugosas salió a la superficie en la entrevista que le dio a Julio Leiva y que luego retomó el medio platense En Agenda. Allí el Indio contó una historia que cualquier fan ricotero guardará como pieza de colección: después de un asado con amigos que habían terminado la colimba, salieron en varios autos, pasaron por una verdulería, se llevaron mercadería y terminaron en la histórica confitería París de La Plata arrojando zapallos adentro del local, rompiendo todo y huyendo cuando sonaron las sirenas. Después siguieron la noche con otro raid absurdo y terminaron presos. La anécdota vale no sólo por lo pintoresco, sino porque muestra una juventud desbordada, insolente, muy lejos de la autopreservación prolija con la que más tarde administró su personaje público.

Esos años también revelan a un Solari todavía no fijado únicamente a la música. Desde joven estuvo ligado al dibujo y las artes gráficas. Ese costado es decisivo. Mucho antes de que el universo redondo se transformara en iconografía de masas, el Indio ya pensaba visualmente. Su sensibilidad no nacía sólo de la canción, sino de una mezcla de imagen, escena, literatura y humor. Por eso su obra posterior nunca se limitó al formato clásico de cantante: siempre hubo en ella algo de artista total, de diseñador de climas.

Rock.com.ar agrega otro punto central: su cercanía al entorno de La Cofradía de la Flor Solar, la comunidad hippie fundada por Rocambole. El Indio no fue un miembro estable, pero sí alguien que respiró ese aire donde convivían plástica, música, vida comunitaria y contracultura. Allí se fue moldeando una manera de entender el rock no como negocio simple sino como experiencia cultural completa. Después, en Los Redondos, esa lógica sería constitutiva.

Pero hay una estación menos revisada todavía y especialmente fértil para esta tercera tanda de notas: Valeria del Mar. Un archivo local de memoria, Todo Valeria, reconstruye la época en la que el Indio vivía de modo nómade entre La Plata y la costa, donde residían sus padres en una casa conocida como “La trinchera”. Allí trabajó en forestación, en la playa y hasta administró un hotel pequeño llamado El Alex. También, junto a Guillermo Beilinson, montó un taller de estampado de telas y remeras llamado “El Mercurio”. Es un dato extraordinario porque conecta de forma directa su costado gráfico con una experiencia laboral concreta, casi artesanal, muy lejos de cualquier idea de estrella rockera prefabricada.

La misma reconstrucción local ofrece una imagen que parece salida de una novela ricotera: un Indio que vivía entre cañas, madera, totoras y playa semisalvaje, acompañado por perros llamados Saturno y Nambulú, escuchando a Zappa, leyendo cómics, ciencia ficción, Kerouac, Merton y Dylan, escribiendo cuando quería y pintando. Si uno quiere entender por qué sus letras nunca sonaron como las de un cantante estándar, ahí tiene parte de la respuesta. Su formación no fue lineal ni puramente musical: fue un cruce de alta cultura, cultura pop, vida precaria, humor, playa y marginalidad elegida.

En Valeria aparece, además, una de esas anécdotas mínimas que condensan personaje. Según ese mismo archivo, el Indio solía cruzarse allí con Leopoldo Marechal y lo cargaba gritándole: “cuídese de mí, Leopoldo”. La escena es magnífica porque deja ver algo permanente en Solari: incluso frente a figuras reverenciadas, su vínculo pasaba por la irreverencia, no por la devoción quieta. Nunca fue un hombre dócil frente a la autoridad simbólica.

El cruce con Skay, mientras tanto, se volvía cada vez más decisivo. Rock.com.ar recuerda que comenzaron a componer canciones como “Mariposa Pontiac”, “Blues del noticiero” y “Un tal Brigitte Bardot”, varias de las cuales luego se volverían parte esencial del repertorio ricotero. Ahí empieza a asomar otra verdad incómoda para cualquier simplificación: antes de la masividad de los ochenta, Los Redondos ya existían como imaginación, como proyecto cultural, como pequeña conspiración creativa incubada durante años.

En 1985, cuando el Indio apareció en televisión por primera vez en el programa Subterráqueos de Buenos Aires, ya estaba formado. El archivo recuperado por Redondos Subtitulados deja escuchar a un Solari joven que hablaba de producción independiente, de proteger el estado de ánimo y de la vida oficial como una mutilación de la experiencia. Lo notable es que no parecía estar improvisando un personaje: parecía hablar desde una biografía ya sedimentada en lecturas, frustraciones, changas, bohemia y observación social.

Por eso volver hoy a esta etapa inicial no es un capricho de fanático. Es una forma de comprender que el Indio no surgió de la nada, ni nació en el instante en que un estadio lo consagró. Antes del mito hubo un trayecto secreto, lleno de escenas laterales: escuelas platenses, Bellas Artes, la confitería París, la costa, “El Mercurio”, La Cofradía, los perros, Marechal, la lectura, la pintura. Todo eso, que para otros sería simplemente biografía, en él terminó convirtiéndose en lenguaje. Y de ese lenguaje salió, más tarde, una de las obras más personales, crípticas y adoradas del rock argentino.

Fuentes consultadas