El Indio más secreto: la colimba que desertó, el hotel de Valeria, El Mercurio y otras escenas filosas antes del mito
Publicado: 05 / 06 /2026Entre las seis notas que FM La Boca publicó sobre la muerte del Indio Solari, la más leída hasta ahora fue la dedicada a la misa ricotera y al fenómeno social que armó alrededor de su figura. Ese dato no sorprende: buena parte del magnetismo del Indio siempre estuvo en la sensación de que alrededor suyo circulaban historias, códigos y escenas que el rock argentino nunca terminó de agotar. Pero si uno corre el foco del recital multitudinario y vuelve sobre la biografía, aparecen episodios igual de potentes, menos repetidos y mucho más filosos.
La historia pública del Indio suele arrancar en Los Redondos, o en la dupla creativa con Skay Beilinson, o en los años en que su nombre ya funcionaba como contraseña de masas. Sin embargo, varias de las piezas decisivas de su carácter vienen de antes: de la adolescencia en La Plata, del paso errático por la costa atlántica, de los trabajos ocasionales, de su relación con el dibujo y las artes gráficas, de su rechazo temprano a la obediencia y de una vida material bastante menos romántica de lo que su propia leyenda deja entrever.
Carlos Alberto Solari nació en Paraná el 17 de enero de 1949, pero la ciudad que marcó su formación fue La Plata. Rock.com.ar ubica allí no sólo su infancia y adolescencia, sino también el arranque de su vínculo con el dibujo, las artes gráficas y el círculo donde se cruzó con los Beilinson. Ese mundo previo al estallido ricotero es clave para entender por qué después pudo escribir como escribió: había una sensibilidad visual, una cabeza obsesiva y una forma muy singular de mirar el orden social mucho antes de que existiera un escenario gigante delante suyo.
Uno de los capítulos más reveladores de esa etapa es su paso por la colimba y, sobre todo, la manera en que decidió salir de ella. En recuerdos recuperados por entrevistas recientes y reconstrucciones periodísticas, el propio Solari contó que debió irse de La Plata para evitar el servicio militar y refugiarse en Valeria del Mar. La anécdota no es menor porque no habla sólo de un gesto juvenil de rebeldía: muestra una relación frontal con la autoridad y una mezcla de ironía, aburrimiento y cálculo que después se volvería reconocible en su personaje público.
En esa reconstrucción aparece un detalle extraordinario. Antes de desertar, el Indio fue asignado a tareas de Inteligencia de Operaciones porque sabía dibujar. Según relató años más tarde, debía actualizar tableros con símbolos destinados a indicar qué fuerzas tenían que proteger distintos puntos sensibles. El trabajo le resultaba tan absurdo que empezó a intervenirlo con señales propias, hasta inventar incluso un “triángulo negro” que, en su broma privada, significaba que a determinado lugar tenían que ir monjas. El episodio parece escrito por un guionista de humor negro, pero ayuda a entender algo central: el Indio ya procesaba el mundo como un sistema de signos para alterar, sabotear o ridiculizar.
Cuando percibió que el clima se volvía más espeso, decidió irse. Una de las versiones más completas de esa historia, retomada estos días por Infobae a partir de sus propias palabras, cuenta que no mandó el aviso desde Pinamar sino desde Madariaga, para que el origen del telegrama no delatara que estaba refugiado en un balneario. El mensaje que envió fue tan seco como astuto: dijo que estaba imposibilitado de volver a destino por enfermedad. No era sólo una fuga; era una puesta en escena mínima, casi literaria, para salirse del tablero sin dar explicaciones de más.
La costa atlántica fue bastante más que un escondite. En Valeria del Mar, donde vivían sus padres en una casa conocida como “La trinchera”, Solari atravesó una etapa decisiva y poco mitificada. El sitio TodoValeria, que conserva parte de la memoria local, señala que el Indio vivía de modo nómada entre La Plata y Valeria y hacía trabajos ocasionales en la forestación y en la playa. También administró un hotel pequeño, El Alex. Esa información, que puede parecer lateral frente a la enormidad de su obra posterior, tiene un enorme valor biográfico: baja al personaje del pedestal y lo devuelve a una vida concreta, hecha de changas, temporadas, arena, humedad y supervivencia.
En ese mismo período aparece otro dato precioso: junto a Guillermo Beilinson, hermano de Skay, fue socio de un taller de estampado de remeras y telas llamado “El Mercurio”. No es un detalle decorativo. El vínculo del Indio con la iconografía, con la gráfica y con la fabricación de imágenes no empezó cuando Los Redondos se convirtieron en una usina estética; estaba antes, en una escala artesanal, entre telas, dibujos y soluciones materiales de todos los días. También hacían películas caseras en 8 milímetros y escribieron guiones. Esa mezcla entre oficio precario, experimento visual y cultura de trinchera es una de las claves menos explicadas de la identidad ricotera.
La costa también dejó postales casi novelescas. En la reconstrucción que circuló tras su muerte, se recuerda que Solari pasó varios años en ese paisaje todavía semisalvaje, cuando Valeria era mucho menos urbanizada que hoy. Había barro, calles de tierra y un tipo de aislamiento que, lejos de romantizarse, lo obligaba a inventar vida cotidiana. En uno de esos recuerdos habla de un paseo nocturno con dos alemanes que lo llevaron en un jeep de guerra a Gesell y de la visión de las noctilucas en el mar, una imagen que parece salida de una de sus propias canciones. También cuenta que en esos años hizo registros caseros con dos grabadores, una guitarra y hasta un balde de plástico. Es decir: incluso en condiciones rudimentarias seguía probando formas.
Otro costado filoso aparece en la adolescencia platense. En la entrevista de Caja Negra retomada por En Agenda, el Indio recordó que su juventud en La Plata fue la etapa más rebelde, la de los choques con la policía y la de un clima de exceso que varias veces terminó mal. La anécdota de los zapallos que volaron dentro de la Confitería París puede leerse como travesura desquiciada o como escena de una sociabilidad nocturna absolutamente fuera de eje. Pero lo importante no es el color del episodio sino el retrato de época que deja: un pibe insumiso, con pulsión de choque, lejos de cualquier domesticación amable.
Ese hilo conecta de manera directa con una de las definiciones más fuertes que dejó en su primera aparición televisiva de 1985. Redondos Subtitulados recuperó esa entrevista emitida por ATC en “Subterráqueos de Buenos Aires”, donde el Indio dijo una frase que con los años terminó sonando casi programática: “La vida para mí no es una cosa que se deba proteger entre algodones”. No era una pose recién inventada para la cámara. Visto en perspectiva, ese rechazo a vivir amortiguado ya estaba en su biografía concreta: en la fuga de la colimba, en el exilio costero, en los trabajos a pulmón, en las amistades raras, en las salidas de borde y en su manera de asumir el riesgo como parte del estar vivo.
Hasta sus lecturas entran en esa constelación. En una evocación reciente de aquellos años, volvió la imagen de los libros “raros” que el Indio había dejado en Valeria y que terminaron influyendo en su padre, lector voraz de historia. No es un detalle banal: desarma la caricatura del rockero puramente instintivo y muestra una cabeza alimentada por obsesiones laterales, saberes excéntricos y una curiosidad bastante poco disciplinada. Esa mezcla de cultura visual, rareza bibliográfica, experiencia callejera y supervivencia playera es la que termina haciendo del Indio algo más complejo que un frontman brillante.
Por eso las historias menos repetidas importan tanto. No porque funcionen como chisme o color extra, sino porque permiten ver cómo se fabricó la materia prima de una figura que después se volvería gigantesca. Antes de la misa ricotera, del estadio desbordado y de las peregrinaciones, hubo un tipo que se escapó de la colimba con un telegrama pensado al detalle, que intervino tableros militares con humor absurdo, que administró un hotelito, que trabajó entre pinos y playa, que estampó remeras, que filmó en súper 8 y que ya desconfiaba de cualquier forma de obediencia tranquila.
En ese Indio anterior al mito, más terrestre y más salvaje, también está la explicación de por qué después su figura pudo condensar tanto. La leyenda no salió de la nada: se armó con experiencia vivida, con oficio marginal, con riesgo real y con una imaginación que ya venía afilada mucho antes de que la multitud aprendiera a seguirlo.
