Del Congreso a Villa Domínico: la despedida del Indio Solari abrió una discusión política sobre quién representa a la cultura popular
Publicado: 07 / 06 /2026La muerte del Indio Solari no sólo abrió una conmoción cultural; abrió también una disputa política concreta, visible, inmediata y profundamente argentina. La pregunta ya no era únicamente cómo despedir a una figura central del rock nacional, sino dónde, bajo qué autoridad, con qué símbolos y frente a qué idea de pueblo. En pocas horas, la noticia derivó en una secuencia que revela con claridad el peso público del ex líder de Los Redondos: un pedido para realizar el velatorio en el Congreso, una negativa oficial basada en razones de seguridad, un duelo provincial decretado por Axel Kicillof y, finalmente, una despedida multitudinaria en Villa Domínico con un operativo estatal de gran escala. Más que una anécdota protocolar, la serie exhibe una batalla por la interpretación de lo popular.
La diputada nacional Teresa García sostuvo, según la cobertura de Clarín, que desde el peronismo se había impulsado la posibilidad de despedir al Indio en el Congreso. La idea no era caprichosa. En la historia argentina, el Palacio Legislativo funcionó en distintas oportunidades como un ámbito de homenaje para figuras cuya gravitación superó el campo específico en el que se habían destacado. Llevar al Indio allí hubiera significado inscribirlo en la galería de personalidades de dimensión nacional, con una legitimidad institucional explícita. Pero el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, rechazó esa opción con el argumento de que no estaban garantizadas las condiciones de infraestructura, logística y seguridad para un evento de esa magnitud.
La discusión importa porque el argumento de la seguridad, aun cuando pueda ser atendible, nunca es políticamente neutro. ¿Qué se considera administrable dentro de la institucionalidad? ¿Qué tipo de duelo cabe en un edificio del Estado y cuál resulta demasiado plebeyo, demasiado desbordado, demasiado indomable? García fue más allá y leyó la negativa como una señal de miedo frente a las conductas populares. En sus declaraciones radiales, recuperadas por Clarín, planteó que la decisión del Gobierno vuelve a mostrar desconfianza hacia las expresiones masivas que no se dejan encapsular en un protocolo estricto. La frase puede discutirse, pero no puede descartarse como mera sobreactuación: el vínculo entre el universo ricotero y las instituciones formales siempre fue tenso, precisamente porque se trata de una cultura de masas poco domesticable.
La alternativa terminó siendo Avellaneda. El cuerpo simbólico del acontecimiento se desplazó desde el centro porteño del poder formal hacia el conurbano sur, donde la despedida encontró una escala más verosímil y menos ceremonial. El microestadio José María Gatica, en el Parque Domínico, pasó a ser el escenario de una concentración popular que, según Clarín, llegó a tener una fila de siete kilómetros. El dato es elocuente en cualquier lectura, pero adquiere un espesor adicional cuando se lo mira políticamente: la multitud confirmó, con su sola presencia, que el problema de la seguridad no era una coartada abstracta. Cualquier institución que hubiese albergado esa despedida debía prepararse para una convocatoria extraordinaria. La cuestión, entonces, ya no es si el Congreso podía o no podía recibirla, sino qué significa que una parte del sistema político ni siquiera haya querido asumir el gesto.
La Provincia de Buenos Aires sí tomó una decisión fuerte. El gobernador Axel Kicillof decretó tres días de duelo provincial por el fallecimiento del músico y compositor, y dispuso que la bandera bonaerense permanezca a media asta en los edificios de la administración pública. En términos formales, es un acto administrativo. En términos políticos, es un reconocimiento de que Solari forma parte del patrimonio sensible de una porción enorme de la sociedad bonaerense. No se homenajea solamente a un artista exitoso: se reconoce a una figura que modeló imaginarios, lenguajes y comunidades durante más de cuatro décadas.
Ese reconocimiento se completó con un operativo de acompañamiento que también tiene lectura política. Clarín informó que el gobierno bonaerense montó un dispositivo de 700 policías, con posibilidad de ampliarlo hasta 1500, además de tres postas de emergencia, 17 ambulancias, 60 promotores de salud y cuatro hospitales del distrito preparados ante contingencias. Página/12 agregó que había siete puntos de hidratación y camiones cisterna para asistir a la gente en las inmediaciones. En otras palabras: el Estado provincial no se limitó a declarar duelo, sino que asumió la obligación de cuidar una escena popular de gran escala. Esa combinación entre gesto simbólico y despliegue material configura una manera concreta de relacionarse con la cultura de masas.
El contraste con la esfera nacional se vuelve todavía más nítido cuando se observa lo que pasó en Plaza de Mayo. Allí se organizó una misa ricotera para despedir al Indio, y Página/12 reportó momentos de tensión con intervención policial y gases lacrimógenos. La secuencia resume, casi como una alegoría, dos modos de leer la misma energía social: acompañamiento en un territorio especialmente preparado y represión en el corazón de la capital política. Sería exagerado convertir ese episodio en una teoría total sobre el Estado argentino, pero sería ingenuo no advertir el mensaje que deja. Cuando las multitudes populares se autoorganizan, la política decide si las recibe, las administra, las escucha o las teme.
En ese marco, la figura del Indio adquiere un espesor particular. Nunca fue un dirigente partidario ni un portavoz estable de una fuerza política, pero su obra funcionó como una caja de resonancia de malestares sociales, deseos de emancipación, sospechas frente a los poderosos y una ética de la intemperie compartida por públicos muy amplios. Sus letras alimentaron una sensibilidad crítica que puede ser apropiada por tradiciones distintas, aunque casi siempre se mantuvo del lado de los de abajo, de los expulsados, de los que viven con una mezcla de ironía y desamparo frente al mando. Por eso su despedida no podía quedar encerrada en el suplemento de espectáculos. Iba a derramar, tarde o temprano, sobre el lenguaje de la política.
Hay otro dato clave: el lugar elegido para el velorio no es un espacio neutral, sino un territorio históricamente asociado a la densidad social del conurbano. Villa Domínico no ofrece la solemnidad marmórea del Congreso ni la escenografía turística del centro porteño. Ofrece algo más potente para esta historia: cercanía con el tejido popular real, accesibilidad, barrio, club, calles donde la liturgia ricotera no aparece como un cuerpo extraño sino como una prolongación natural del paisaje. Que la despedida haya encontrado ahí su forma definitiva no es un accidente logístico. Es, en cierto modo, una resolución política sobre el lugar desde donde se lee mejor la trayectoria del Indio.
También es revelador que la discusión haya girado en torno a la seguridad antes que al mérito. Prácticamente nadie discutió si Solari era o no una figura de magnitud nacional. La discusión fue otra: cómo administrar una adhesión que se sabe enorme, transversal y difícil de encapsular. Esa sola premisa dice mucho sobre el tamaño del fenómeno. El sistema institucional argentino sabe que el Indio convoca cuerpos, no sólo elogios; movimientos, no sólo necrológicas. Y cuando la política tiene que decidir qué hacer con cuerpos en movimiento, revela su concepción del pueblo mejor que en cualquier discurso.
En una época de liderazgo cultural fragmentado, la despedida de Solari devuelve una imagen de potencia colectiva poco frecuente. Miles de personas en fila, accesos colapsados, transporte reorganizado, peajes levantados, banderas en alto, duelo oficial, tensión en Plaza de Mayo, debates en la Cámara y el conurbano convertido en centro simbólico de la jornada. Todo eso junto compone una postal inequívoca: el Indio, incluso muerto, sigue obligando a la política a tomar posición.
Tal vez esa sea la razón por la que su funeral resultó imposible de neutralizar. No hubo manera de volverlo una ceremonia aséptica. El Indio fue demasiado popular para quedar sólo en manos del protocolo y demasiado incómodo para ser absorbido sin resto por cualquier aparato. Entre el Congreso que no fue y Villa Domínico que sí fue, entre la bandera a media asta y la fila interminable, entre el operativo sanitario y los cánticos en la calle, aparece la verdad más profunda de estas horas: la cultura popular argentina sigue siendo uno de los terrenos donde mejor se mide la relación real entre instituciones y pueblo.
Fuentes trabajadas para esta nota: Clarín, Página/12, La Nación y Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, con información publicada entre el 5 y el 7 de junio de 2026.
