Qué se sabe sobre las réplicas y por qué tiembla Venezuela: fallas activas, enjambre previo y las preguntas que abre el sismo

Publicado: 25 / 06 /2026

Después del golpe inicial de los dos terremotos, la segunda gran pregunta que se instaló en Venezuela fue inmediata y brutalmente cotidiana: si ya tembló así una vez, qué puede venir ahora. La respuesta todavía no es cerrada, pero sí puede ordenarse con algunos hechos firmes. El país no sufrió un episodio aislado en un territorio geológicamente quieto. Vive sobre un entramado de fallas activas, tiene una larga historia sísmica y, además, llegaba a este 24 de junio con antecedentes recientes de actividad en el occidente venezolano. Por eso, hablar de réplicas no es un detalle técnico reservado a especialistas. Es hablar del factor que decide si una familia vuelve o no a su casa, si un edificio apenas dañado sigue en pie o termina cediendo, y si una operación de rescate puede hacerse con relativa estabilidad o bajo amenaza permanente.

La base más robusta para pensar el fenómeno sigue siendo la descripción estructural que Funvisis ofrece desde hace años sobre el territorio venezolano. En su página histórica sobre el “país sísmico”, la fundación recuerda que alrededor del 80% de la población vive en zonas de alta amenaza sísmica. También señala que, entre 1530 y 2004, el país registró más de 130 eventos que causaron algún tipo de daño en distintas poblaciones. No es una estadística decorativa. Es una forma de ubicar el presente dentro de una geografía de riesgo mucho más antigua que esta última noche de emergencia.

Ese mismo material de Funvisis explica que la mayor actividad sísmica de Venezuela se concentra en una franja de unos 100 kilómetros de ancho a lo largo de los Andes, la Cordillera Central y la Cordillera Oriental. Allí se ubican los sistemas de fallas sismogénicas principales del país: Boconó, San Sebastián y El Pilar. A ese corredor mayor se suman otros sistemas activos menores, como Oca-Ancón, Valera, La Victoria y Urica, capaces también de producir sismos importantes. La fundación sostiene, además, que los sistemas Boconó-San Sebastián-El Pilar han sido propuestos como el límite principal entre las placas del Caribe y Sudamérica, responsables de algunos de los terremotos más severos ocurridos en territorio venezolano.

Ese marco permite entender por qué, en las horas posteriores al doble terremoto, distintas autoridades hablaron de una “falla tectónica de occidente” todavía activa. No se trata de una frase suelta. Es la traducción política y operativa de un problema geológico real: cuando una secuencia se enciende en esa franja, la incertidumbre no termina con el primer sacudón. Empieza.

La secuencia del 24 de junio mostró justamente ese mecanismo. El USGS fijó el primer evento fuerte a las 18.04.33 hora local, magnitud 7,2, y el segundo a las 18.05.11, magnitud 7,5, ambos cerca de Yumare, en Yaracuy. El Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico interpretó el cuadro en tiempo real, primero con una magnitud preliminar menor y luego revisando el evento principal a 7,5. En los reportes citados por EFE y reproducidos por medios como El Nacional, la propia autoridad de alerta de tsunamis de Estados Unidos describió el episodio como un “doblete sísmico”: dos terremotos de gran magnitud en la misma zona, separados por apenas segundos. Es una palabra técnica, sí, pero también una descripción útil para el público. No hubo un único terremoto prolongado, sino dos rupturas muy fuertes encadenadas en un lapso mínimo.

La pregunta siguiente fue cuántas réplicas siguieron. Allí aparece, otra vez, la necesidad de separar lo confirmado de lo atribuido. Delcy Rodríguez dijo, según BBC, que ya se habían registrado más de 20 réplicas. Un despacho posterior de AVN fue todavía más lejos y habló de 10 sismos y 21 réplicas en siete horas, con magnitudes entre 4,0 y 6,3, citando datos de Funvisis. Ese reporte oficial venezolano es relevante porque ofrece una idea del monitoreo interno y del lenguaje con el que el Estado decidió manejar la crisis. Pero al mismo tiempo exige prudencia: durante esta investigación, el portal público de Funvisis no ofrecía un boletín limpio, accesible y detallado con ese mismo nivel de desglose, y la consulta abierta del catálogo del USGS alrededor del epicentro no devolvía, en esas primeras horas, una lista equivalente de más de veinte réplicas. Puede haber varias explicaciones para esa diferencia, desde umbrales de detección distintos hasta ritmos desiguales de publicación. Lo que no se debe hacer es borrar la contradicción. Lo correcto es explicarla.

Explicarla importa porque las réplicas son una experiencia física y también un dato político. Si una autoridad comunica que hubo 21 réplicas en siete horas, está diciendo dos cosas a la vez: que el fenómeno sigue en curso y que la población debe mantener medidas de autoprotección. De hecho, tanto Cabello como Rodríguez insistieron en mensajes concretos: no permanecer dentro de edificios comprometidos, salir a espacios abiertos, aceptar cortes preventivos de gas y tolerar la suspensión del Metro, ferrocarriles, clases y actividades no esenciales. En otras palabras, la política pública de las primeras horas quedó subordinada a la posibilidad de nuevas sacudidas.

Esa cautela no nació de la nada. Apenas seis días antes, el 18 de junio, un reporte citado por El Impulso sobre datos de Funvisis había descrito una secuencia de 25 sismos en el occidente venezolano a partir de un evento principal de magnitud 4,5 cerca de Biscucuy, en el estado Portuguesa. La nota señalaba que los especialistas situaban la actividad en una franja de alta complejidad estructural entre el pie de monte sur andino, el sistema de Burbusay y la falla de Boconó. No se trató del mismo episodio geográfico ni de una anticipación mecánica del terremoto del 24 de junio, y sería irresponsable afirmar lo contrario sin respaldo sismológico directo. Pero sí funciona como contexto para mostrar que el país venía siguiendo movimientos relevantes en la región occidental días antes del gran sismo.

En ese sentido, el terremoto actual abre al menos tres planos de preguntas. El primero es estrictamente geológico: cuál fue el sistema de fallas que dominó la ruptura principal y cómo se comportará la secuencia posterior. El segundo es urbano: cuántos edificios quedaron dañados más allá de los que ya colapsaron y qué capacidad real de inspección existe para revisarlos a tiempo. El tercero es institucional: hasta qué punto los sistemas de alerta, comunicación pública y preparación ciudadana estaban listos para una secuencia de esta magnitud en el corazón urbano del país.

Sobre el primer punto, los documentos oficiales disponibles en abierto todavía son insuficientes para una conclusión final. El USGS entrega coordenadas, magnitudes, profundidades y alertas, pero no reemplaza el análisis detallado que deben producir los organismos venezolanos. Funvisis, por su rol y su red local, debería ser la referencia natural para explicar con precisión la falla implicada, la distribución completa de réplicas y el escenario de corto plazo. Por ahora, lo más prudente es trabajar con lo que sí está anclado: doblete sísmico, epicentro cercano a Yumare, profundidades relativamente someras y actividad posterior reconocida oficialmente aunque no del todo transparente en catálogos abiertos internacionales.

Sobre el segundo punto, la vulnerabilidad edilicia ya dejó de ser una hipótesis. Chacao habló de edificios colapsados y otras seis estructuras comprometidas. Baruta y Los Salias reportaron muertos por derrumbes de viviendas. La Guaira registró colapsos y el aeropuerto de Maiquetía fue cerrado por daños. El riesgo de una réplica, entonces, no se limita a la posibilidad de otro gran temblor. También incluye el efecto acumulativo sobre edificios que ya perdieron estabilidad en la primera secuencia. Un inmueble agrietado, inclinado o con daño en bases puede no caer en el primer movimiento y hacerlo en el segundo, tercero o décimo. Por eso la orden de no reingresar a determinadas estructuras no es alarmismo: es gestión del riesgo básico.

Sobre el tercer punto, la noche del terremoto expuso la importancia de la comunicación pública clara. En minutos circularon magnitudes preliminares distintas, referencias geográficas variables y videos de redes sin verificación completa. En ese contexto, la disciplina informativa es tan importante como la disciplina sísmica. Las autoridades deben decir qué saben, qué están midiendo y qué todavía no pueden confirmar. Los medios, por su parte, tienen la obligación de no convertir cada clip viral en verdad cerrada. El mejor ejemplo de ese equilibrio estuvo en el uso de los mensajes del centro de alerta de tsunamis: primero se informó una advertencia real para Puerto Rico y las Islas Vírgenes; luego se publicó su cancelación y la revisión de magnitud. Contar ambas cosas importa más que quedarse con la versión más dramática de la primera hora.

Hay además un elemento menos visible pero decisivo: el terremoto ocurre en un país donde una parte importante de la infraestructura, de los servicios y de la administración cotidiana ya venía funcionando bajo tensión. Cortes preventivos de gas, suspensión del Metro, problemas de agua, fallas eléctricas y llamados urgentes al personal sanitario adquieren otro peso cuando se superponen con un sistema urbano exigido incluso en tiempos normales. Por eso la discusión sobre réplicas también es una discusión sobre resiliencia. No se trata solo de si la tierra volverá a moverse, sino de cuánto aguanta una ciudad cuando ya está dañada.

Hasta aquí, entonces, la mejor síntesis posible es esta: Venezuela sufrió un doble terremoto fuerte y somero en una región históricamente sísmica; las autoridades reconocen una secuencia posterior importante de réplicas; los catálogos abiertos internacionales todavía no reflejan con la misma nitidez todo ese conteo; y el riesgo principal de corto plazo combina nuevos movimientos, estructuras inestables y servicios críticos alterados. No es poco. Tampoco es el final del relato. La verdadera medida de esta crisis no dependerá solo de la magnitud inicial, sino de cómo evolucionen las próximas horas y de cuán rápido se pueda transformar la alarma general en información técnica verificable, inspecciones edificio por edificio y protección concreta para la población expuesta.

En las catástrofes sísmicas, a veces el primer sacudón escribe el titular y las réplicas escriben el resto de la historia. Venezuela acaba de entrar en ese segundo capítulo. Y la diferencia entre susto, desastre y reconstrucción empezará a definirse justamente ahí: en la calidad del monitoreo, en la velocidad de las inspecciones y en la honestidad con la que se le diga a la sociedad qué parte del riesgo ya pasó y qué parte sigue, literalmente, moviéndose bajo sus pies.