La cerrajería porteña desde la que su dueño, un excombatiente, rinde culto a su amor por Malvinas

Publicado: 29 / 03 /2022


Me gusta ir a las escuelas y hablar con los chicos seguir transmitiendo y aprovechar que hay testimonios vivos Foto Osvaldo Fantn
«Me gusta ir a las escuelas y hablar con los chicos, seguir transmitiendo y aprovechar que hay testimonios vivos» (Foto Osvaldo Fantón)

Cuatro décadas pasaron desde el día en que aquel joven soldado aterrizó, todavía incrédulo, en Puerto Argentino para pelear con sólo 18 años por las Islas Malvinas, en una guerra que, como a tantos otros, le quedará «marcada a fuego por siempre» en su memoria.

«Éramos unos niños, yo tenía 18 años y sólo 8 meses de servicio militar en la Infantería Marina cuando nos avisaron que teníamos que alistarnos y agarrar nuestros fusiles para ir a Malvinas», recordó en diálogo con Télam Carlos Retamozo, un excombatiente de 59 años, oriundo de la Ciudad de Buenos Aires.

Trabajaba en una cerrajería, oficio al que se dedica desde los 14 años, cuando se enteró de la citación castrense, momento a partir del cual los recuerdos pierden precisión y se difuminan en su memoria.

Foto Osvaldo Fantn
(Foto Osvaldo Fantón)

«No nos dijeron bien a dónde íbamos, nos subieron a unos colectivos militares hasta (la base de la I Brigada Aérea de) El Palomar y de ahí nos llevaron a Río Grande, en Tierra del Fuego. Una noche, muy tarde, armaron un grupo, nos subieron a un Hércules y aparecimos finalmente en las Islas Malvinas», relató.

A partir de entonces, le siguieron dos meses de un combate que día a día se volvía cada vez más hostil en las trincheras de la Península Camber, en el centro este de la isla Soledad.

«Las imágenes que tengo son dantescas, nunca me voy a olvidar. Es indescriptible la escena: las luces, el sonido, el olor, los gritos, todo era una situación límite en la que estábamos todos como desencajados», expresó Retamozo.

Y agregó: «Recuerdo estar en medio del bombardeo y ver cómo mis compañeros se iluminaban con distintos colores y matices a causa de las explosiones, era impresionante».

Su cerrajería de Caballito

En la actualidad, el excombatiente tiene su propia cerrajería, La Marsellesa, en el barrio porteño de Caballito, donde los recuerdos de la guerra se hacen presentes en cada rincón a través de fotos con compañeros de regimiento, alguna pertenencia de soldados caídos, vidrios ploteados, medallas y homenajes a excombatientes.

El nombre del local, homónimo al himno nacional de Francia, lo eligió por el misil exocet, un arma que era de origen francés y que fue utilizado por las Fuerzas Armadas argentinas en Malvinas, en una clara muestra de ingenio de civiles y militares, frente al poderío bélico inglés.

Con evidente fascinación, Retamozo recuperó esa historia, en la que, el 12 de junio de 1982, la Argentina disparó por primera vez en el mundo un misil exocet desde tierra, a partir de la denominada «Instalación de Tiro Berreta» que, como indica su nombre, era una base de tiro portátil, móvil y transportable que se caracterizaba por su precariedad pero que, sin embargo, por la efectividad del tiro dejó fuera de combate al Glamorgan, un buque destructor inglés.

«Esos barcos nos bombardeaban todo el tiempo, llegaba un horario determinado en que lo único que escuchábamos eran las bombas. A raíz de este ataque que hacen los argentinos, con ese misil, las hostilidades de los barcos cesaron bastante y eso nos alivió a quienes estábamos en la trinchera. Me enteré de esto mucho tiempo después y me fascinó», recordó el excombatiente.

Y añadió: «No es que sea un fanático de Francia, sino que es en recuerdo al misil y, además, La Marsellesa siempre me gustó. Es una letra que me conmueve mucho porque habla de la sangre impura que viene a matar a nuestras mujeres y nuestros hijos. Era lo que sentíamos la mayoría de nosotros allá, que de nosotros dependía no sólo el territorio, sino también nuestras mujeres e hijos».

Fotos: Osvaldo Fantón

De todo su acervo de la guerra, Retamozo rescata un mapa que mandó a encuadrar y colgó en una pared y en el que están indicados los movimientos ingleses y argentinos de la noche del 13 al 14 de junio, el último combate.

«Cada vez que empezaban a sonar los cañonazos nadie sabía hacia dónde disparaban. Hacíamos cálculos para saber si caía en nuestra trinchera o no, pero era una lotería», aseguró el ex combatiente.

«Ese día, junto a mis dos compañeros, sabíamos que la bomba iba a caer sobre nosotros porque empiezan a tirar en un punto, luego cae 20 metros más adelante, luego otros 20 y así. Cuando iba a caer sobre nosotros y no teníamos dónde meternos, nos abrazamos y nos despedimos, teníamos que morir. Creo que rezamos tanto que Dios hizo que finalmente cayera 10 metros más allá y eso nos salvó la vida», narró.

Como para la gran mayoría, el regreso de Malvinas y la reincorporación social no fueron momentos sencillos.

«En determinadas situaciones sociales, me veía a mí mismo como un tercero, como que estaba desdoblado, desprendido de mí mismo. Eso me estaba matando», contó Retamozo, para quien -en ese contexto- la cerrajería fue un «verdadero cable a tierra».

«Acá siempre me preguntan por Malvinas, se sorprenden de que estuve ahí y una pregunta lleva a la otra y me consideran por eso», aseguró el excombatiente y finalizó: «Me gusta mucho ir a las escuelas y hablar con los chicos también, seguir transmitiendo y aprovechar que hay testimonios vivos. Yo creo que nuestra sola presencia es un aporte a la causa Malvinas».





Fuente: TELAM