La grieta como negocio: cómo un mismo dueño quedó detrás de Blender, Carajo y la disputa por la palabra pública

Publicado: 27 / 06 /2026

Una de las operaciones ideológicas más exitosas del ecosistema digital argentino fue convencer a buena parte del público de que el streaming había pulverizado las viejas mediaciones. Que ahora importaban más las personalidades que las empresas, más el vínculo con la audiencia que la estructura de propiedad, más la espontaneidad del vivo que la arquitectura económica detrás de cámara. Blender y Carajo son un caso perfecto para discutir esa fantasía. En la superficie, se presentan como señales ubicadas en veredas políticas enfrentadas. En la estructura, sin embargo, una serie de notas publicadas entre 2025 y 2026 mostró que ambas quedaron bajo la órbita del mismo empresario: Augusto Marini. La grieta, así, empieza a parecer menos un antagonismo real entre proyectos mediáticos y más una línea de productos administrada desde una misma billetera.

LA NACION lo explicó con claridad el 19 de junio de 2025, en una nota que ya desde el título resumía el hallazgo: “Carajo y Blender: dos streamings opuestos políticamente, pero con un mismo dueño”. Allí sostuvo que Marini había adquirido “hace unos meses casi la totalidad de las acciones” de las empresas vinculadas a ambos canales y que se había convertido en accionista mayoritario. ElDiarioAR, el 21 de mayo de 2025, coincidió en la dirección del dato y precisó que la operación involucraba acciones que estaban en manos de la sociedad MediaHub, cuyos socios eran Sebastián Tabakman, Diego Abatecola, Sebastián Fernández Spedale y Patricio Lessa. Según esa reconstrucción, Marini ampliaba así su participación accionaria en Blender y Carajo, mientras en el primero seguía habiendo participación de Iván Liska y en el segundo persistía el papel de Daniel Parisini, conocido como el Gordo Dan.

Los matices societarios son importantes y todavía hay zonas que no pueden reconstruirse completamente con documentación abierta. Pero la conclusión central ya no ofrece demasiadas dudas: dos canales que se venden como polos discursivos opuestos fueron integrados dentro del mismo esquema de control empresario. Y ahí está el corazón del problema. Porque una cosa es discutir en qué tono editorial se para cada programa. Otra, mucho más decisiva, es observar quién administra la infraestructura, el fondeo, la expansión y los vínculos de poder que hacen posible esa conversación.

Carajo no es un actor cualquiera dentro del actual ecosistema político digital. Diversas coberturas lo ubican como una de las usinas mediáticas libertarias de mayor cercanía con el oficialismo. LA NACION, en su nota del 23 de junio de 2026 sobre la preadjudicación del Canal de la Ciudad, definió a Marini como socio del “propagandista” Daniel Parisini, alias Gordo Dan. El mismo medio ya había contado, el 30 de mayo de 2026, que Carajo albergaba en su programación a funcionarios del área económica y a figuras asociadas al oficialismo. ElDiarioAR, por su parte, escribió el 26 de junio de 2026 que Gordo Dan se había convertido en una de las principales usinas digitales del oficialismo, aunque también consignó que Marini negó una relación privilegiada con Javier Milei o Santiago Caputo y aseguró haber delegado completamente la conducción editorial de Carajo en Parisini. Esa negación debe quedar registrada. Pero registrar la negación no obliga a desconocer el patrón más amplio.

Ese patrón combina tres elementos. Primero, concentración de propiedad en manos de un empresario con negocios diversificados y creciente llegada a los medios. Segundo, convivencia bajo una misma órbita de señales que disputan públicos e identidades políticas distintas. Tercero, expansión simultánea del mismo grupo hacia contratos y concesiones estatales. El 23 de junio de 2026, como ya se sabe, Cale Group Media S.A. quedó preadjudicada para gerenciar el Canal de la Ciudad. El 30 de mayo, otra firma del mismo universo, Motora Argentina, había quedado asociada a una contratación de 3,8 millones de dólares con Operadora Ferroviaria por emergencia. No hace falta probar una mesa única de coordinación editorial para advertir que se está consolidando algo más profundo que un simple negocio de contenidos: una plataforma de influencia con ramificaciones públicas y privadas.

La pregunta entonces deja de ser si Blender “es” de tal o cual sensibilidad política, o si Carajo “representa” con fidelidad a La Libertad Avanza. La pregunta pasa a ser otra: qué significa para la democracia argentina que un mismo grupo económico pueda administrar marcas mediáticas diseñadas para públicos enfrentados y, al mismo tiempo, acumular negocios en áreas donde el Estado es un actor decisivo. Dicho sin rodeos: ¿cuánto de la discusión pública que parece plural no es, en realidad, una pluralidad de envases dentro de una misma ingeniería de capital?

La crítica no apunta a los conductores como individuos ni supone que toda coincidencia de propiedad produce automáticamente uniformidad de contenidos. Sería simplista afirmar eso. El punto es estructural. Cuando la propiedad se concentra, lo que se concentra no es solamente la línea editorial explícita. También se concentran las condiciones materiales de posibilidad: quién consigue pauta, quién define inversiones, quién decide sostener o bajar un programa, quién compra acciones, quién absorbe pérdidas, quién negocia con marcas y quién conversa con el poder político o económico. Esa es la dimensión menos visible de la palabra pública y, al mismo tiempo, la más decisiva.

Los propios datos del sector refuerzan el argumento. En la entrevista publicada por Cveintiuno el 2 de abril de 2025, Diego Abatecola dijo que la monetización de YouTube representaba entre el 15% y el 20% del presupuesto de Blender. También afirmó que lo que vuelve atractivo al streaming es la cercanía con la audiencia y el interés creciente de las marcas. Esa frase, leída sin ingenuidad, es casi una confesión del modelo: estos canales viven menos de la plataforma que de la capacidad de convertir atención en negocio comercial. Si a ese cuadro se le suma un holding con inversiones en otros rubros y presencia en contrataciones o concesiones públicas, la alarma ya no es ideológica sino institucional. La comunicación queda cada vez más subordinada a quienes tienen espalda financiera para capturar audiencias, monetizarlas y transformarlas en poder negociador.

Por eso el caso Blender-Carajo importa incluso para quienes no consumen ninguno de los dos canales. Importa porque muestra cómo la fragmentación aparente del ecosistema puede esconder procesos de concentración bastante clásicos. En vez de un único multimedio con la misma marca en todas partes, aparece algo más sofisticado: marcas distintas, públicos distintos, sensibilidades distintas, pero un mismo centro económico capaz de rentabilizar la polarización. La grieta, en esta lectura, deja de ser solo un conflicto político y pasa a ser también un formato de negocios.

Ese diagnóstico se vuelve más inquietante cuando se combina con la trayectoria del propio Marini. LA NACION y ElDiarioAR mencionaron vínculos fluidos con el oficialismo y con el poder de Misiones; este último medio recordó además que Marini vendió servicios de telemedicina al Estado misionero a través de AlegraMed. IProfesional, ya en 2026, lo presentó como un empresario en expansión sobre sectores estratégicos como salud, ferrocarriles, energía e infraestructura. La diversidad de rubros no es un detalle ornamental. Es precisamente lo que convierte a la comunicación en una pieza más de un tablero de poder más amplio. Un empresario cuya presencia se extiende sobre negocios sensibles no compra una señal solo para entretener. Compra capacidad de llegada, de reputación, de mediación y de influencia.

En ese marco, resulta insuficiente discutir únicamente contenidos. Hace falta discutir propiedad, financiamiento y reglas democráticas de acceso a la palabra pública. Si los canales que modelan conversación política juvenil dependen cada vez más de millonarios, holdings y empresarios con puerta de entrada al Estado, la promesa emancipadora del streaming se vuelve bastante dudosa. Lo que se vendió como democratización puede terminar funcionando como renovación estética de una vieja captura: la de la conversación pública por parte de sectores con capital, relaciones y capacidad de administrar simultáneamente negocios, agenda y visibilidad.

La conclusión incómoda es simple. El problema no es que Blender tenga éxito ni que Carajo exista. El problema es que ambos sirvan para confirmar una tendencia más amplia: la comunicación argentina no se está desoligopolizando, solo está cambiando de escenografía. Detrás de la iluminación LED, la mesa compartida y el tono descontracturado, vuelven a aparecer dueños fuertes, sociedades opacas para el gran público, dependencia comercial y cercanía con el poder. Si la palabra pública termina organizada por millonarios y grupos afines o funcionales a gobiernos de turno, lo que se empobrece no es solamente el mercado. Lo que se empobrece es la democracia misma.