Murió Daniel Melingo: la vida discográfica de un artista que cambió el rock argentino y reinventó el tango

Publicado: 30 / 06 /2026

La muerte de Daniel Melingo dejó en evidencia algo que su carrera venía demostrando desde hacía décadas: la música argentina perdió a un artista imposible de ordenar en un solo casillero. Para una parte del gran público seguirá siendo el fundador de Los Twist, el músico que pasó por Los Abuelos de la Nada y el hombre que integró la órbita de Charly García en los años más decisivos del rock nacional. Pero si se mira con atención su recorrido discográfico, aparece otra dimensión todavía más singular: la de un autor que fue cambiando de piel sin perder identidad, capaz de pasar del desparpajo new wave al suburbio tanguero, del clarinete rockero a una voz quebrada y teatral que terminó siendo una de las marcas más personales de la música rioplatense.

Melingo nació en Buenos Aires el 22 de octubre de 1957 y se formó desde muy joven en estudios musicales formales, con guitarra y clarinete. Esa base técnica convivió desde temprano con una intuición callejera, con el oído puesto tanto en el rock como en la tradición popular de Buenos Aires. Antes de consolidar su nombre propio, tuvo una etapa inicial como acompañante de Milton Nascimento y luego se incorporó a Los Abuelos de la Nada, donde aportó saxo, clarinete y guitarra en una de las formaciones más recordadas del grupo. De ese período quedaron discos fundamentales para entender el pop-rock argentino de la recuperación democrática, como Los Abuelos de la Nada (1982), Vasos y besos (1983) y Los Abuelos en el Opera (1985).

Sin embargo, el primer gran golpe de identidad lo dio casi en paralelo con Los Twist. Junto a Pipo Cipolatti, Melingo ayudó a construir una banda que leyó el clima de los 80 con humor ácido, teatralidad y un pulso musical que no se limitó al chiste. En La dicha en movimiento (1983), Cachetazo al vicio (1984) y La máquina del tiempo (1985), la banda dejó una estética inmediata, bailable, filosa y profundamente urbana. Canciones como “Hulla Hulla” y “Cleopatra” terminaron convertidas en himnos de época, y la firma de Melingo aparece ahí no sólo como instrumentista sino también como compositor capaz de mezclar parodia, ritmo y observación social.

Ese período rockero no se agota en Los Twist. En 1984, Charly García lo sumó a su banda y Melingo quedó asociado a otro hito mayor: Piano Bar, uno de los discos centrales de la historia del rock argentino. También participó en otros proyectos y grabaciones de esos años, además de su paso posterior por España, donde colaboró con Los Toreros Muertos y formó Lions in Love, banda con la que registró Lions in Love (1989) y Psicofonías (1994). Ese tramo europeo suele quedar en segundo plano cuando se resume su biografía, pero resulta clave para entender cómo fue armando una sensibilidad híbrida, abierta al cruce de géneros y a la teatralidad sonora.

Su debut solista llegó a mediados de los 90 con H2O, un disco que hoy se recuerda menos de lo que merece. Producido por Cachorro López y con invitados como Andrés Calamaro y Pipo Cipolatti, ese trabajo mostró a un Melingo todavía conectado con el pulso del reggae, el funk y cierta imaginación rockera atravesada por referencias de ciencia ficción. La propia reconstrucción de época lo vincula a un universo inspirado por El Eternauta. No era todavía el Melingo del tango oscuro, pero ya aparecía un rasgo que después sería central: la decisión de no repetirse y de convertir cada disco en un laboratorio de personajes, climas y narraciones.

El verdadero punto de inflexión llegó con Tangos Bajos (1998). Ahí empieza, para muchos, la segunda gran vida artística de Melingo. Lo notable es que no se trató de un “pase al tango” en sentido convencional. No volvió al género para ilustrarlo con reverencia ni para restaurar una postal antigua. Hizo otra cosa: llevó al tango a una zona arrabalera, espectral y contemporánea, con un fraseo que parecía venir del borde entre el canto, el relato, el susurro y la actuación. Más que un revival, Tangos Bajos fue una reapropiación feroz. El barrio, la noche, el lunfardo, la derrota, la ironía y la marginalidad aparecieron ahí no como decoración de época sino como materia viva.

Ese disco fue decisivo no sólo por su música sino por lo que abrió después. Desde entonces Melingo encontró una lengua propia. Empezó a trabajar con más intensidad sobre textos de poetas lunfardos y autores ligados a una Buenos Aires canalla, y consolidó una alianza creativa con Luis Alposta que resultó fundamental para la expansión de su imaginario. En lugar de acomodarse al tango de salón, eligió el barro, las orillas, la rareza y una expresividad a contramano de cualquier corrección turística.

Con Ufa (1999) sostuvo y profundizó esa búsqueda. Si Tangos Bajos había marcado el hallazgo, Ufa funcionó como una confirmación: Melingo no estaba probando suerte en otro género, estaba fundando un territorio propio. Más tarde llegó Santa Milonga (2004), un compilado que ayudó a ordenar y difundir esa primera etapa tanguera, antes de otro salto importante con Maldito tango (2008). La crítica especializada leyó ese álbum como una obra donde la poética melinguiana alcanzaba una madurez singular: una mezcla de podredumbre picaresca, humor negro, melodrama prostibulario y una sonoridad que no le temía al riesgo ni al extrañamiento. Para entonces, Melingo ya no era un ex rockero que cantaba tangos: era una de las voces más originales del tango contemporáneo a escala internacional.

Corazón & hueso profundizó todavía más ese camino. En reseñas de la época se lo describió como otra estación fuerte de un periplo iniciado una década antes, con un Melingo cada vez más dueño de una versión del tango escrita en tiempo real, sin restauración y sin voluntad museística. Ese punto es central para leer su discografía: Melingo nunca trabajó la tradición como una pieza inmóvil. La trató como un material vivo, disponible para la mezcla con otras memorias sonoras, con ecos de rock, de canción, de teatralidad radiofónica, de fantasmas de cine clase B y de una sensibilidad literaria muy personal.

En 2014 publicó Linyera, otro capítulo mayor de su obra. Allí, según entrevistas de esos años, buscó una síntesis de su historia musical y una idea de libertad asociada a la figura del linyera, no como postal pintoresca sino como emblema de una ética y de una forma de estar en el mundo. El disco reunió invitados como Jaime Torres, Skay Beilinson, Alejandro Terán y Juan Ravioli, y reforzó la idea de que Melingo podía cruzar tango, canción popular, música de raíz y resonancias rockeras sin perder coherencia. En vez de pulir asperezas, hizo de esa impureza una estética.

Después llegó Anda (2016), otra pieza importante de su catálogo reciente. Ese trabajo confirmó que su escritura musical seguía en movimiento y que su mundo no dependía de la repetición de fórmulas anteriores. Anda obtuvo además un reconocimiento fuerte en la industria local: el Premio Gardel al mejor álbum de tango alternativo. Fue un premio significativo porque señaló algo que buena parte de la crítica y del público ya venía registrando: Melingo había construido una obra difícil de clasificar, pero de una consistencia inusual.

La trilogía iniciada con Linyera y continuada con Anda se completó con Oasis (2018), editado por Buda Musique. La presentación del disco insistía en la consolidación de un estilo único y en una galería de personajes marginales, poseídos o desplazados que Melingo venía trabajando desde hacía años. También allí reaparece otro rasgo central de su discografía tardía: la colaboración como método. Melingo no construyó su mundo en soledad, pero tampoco se diluyó en los invitados. Usó cada alianza para ensanchar una narrativa propia, siempre reconocible.

Su discografía más reciente mostró que seguía activo, curioso y en transformación. S’il Vous Plait (2022) confirmó esa continuidad y, según las crónicas de sus últimos meses, Melingo además trabajaba sobre un nuevo proyecto ligado a Tangos Bajos, reversionado en duetos y pensado también en diálogo con una pieza audiovisual. Esa noticia, conocida poco antes de su muerte, adquiere ahora un peso especial: habla de un artista que no estaba clausurando su obra sino revisándola, poniéndola otra vez en movimiento, discutiendo incluso con su propio archivo.

Si se mira toda la secuencia, la discografía de Melingo cuenta algo más que una sucesión de lanzamientos. Cuenta la historia de una fuga. Primero escapó de la linealidad del rock de época. Después evitó convertirse en nostalgia de sí mismo. Más tarde se negó a hacer del tango un decorado respetable. En cada etapa buscó una voz donde convivieran técnica musical, intuición teatral, literatura arrabalera, ironía, oscuridad y calle. Por eso su obra discográfica no puede leerse apenas como un listado de álbumes: es el relato de una transformación permanente.

También por eso su muerte repercute tanto. Porque Melingo no representaba solamente un pasado prestigioso. Representaba una posibilidad abierta de la música argentina: la de mezclar sin obedecer, la de leer la tradición como un campo de batalla y la de sostener, hasta el final, una identidad artística sin volverse previsible. Entre los discos con Los Abuelos, el estallido pop de Los Twist, la potencia simbólica de Piano Bar, la aventura europea y la construcción de una discografía solista cada vez más extraña y profunda, dejó una obra que sigue diciendo que el riesgo también puede ser una forma de pertenecer.

En tiempos de catálogos domesticados por la repetición, la discografía de Daniel Melingo queda como una anomalía fértil. No porque haya buscado la rareza por sí misma, sino porque eligió escuchar donde otros preferían copiar. Ahí está su legado más fuerte: en haber demostrado que todavía era posible inventar un idioma propio dentro de tradiciones muy recorridas. Y en haberlo hecho, además, con discos que no suenan a ejercicio intelectual sino a vida vivida, calle recorrida y música pensada desde el cuerpo.