El último adiós al Indio Solari: Avellaneda quedó chica ante una despedida que ya es un hecho político y cultural

Publicado: 07 / 06 /2026

No hubo que esperar estadísticas oficiales ni partes de tránsito para entender la dimensión de lo que está pasando en Villa Domínico. Bastó mirar la fila, escuchar los cánticos y seguir la marea humana que desde la mañana se volcó hacia el microestadio José María Gatica para despedir a Carlos Indio Solari. La escena ya excede la cobertura del espectáculo: el velorio del ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se convirtió en un acontecimiento social y político en sí mismo, una concentración popular que volvió a poner en primer plano algo que la Argentina conoce desde hace décadas pero a veces olvida medir: alrededor del Indio no se movía sólo un público, se movía una identidad.

La despedida pública comenzó este domingo a las 11 en el polideportivo Gatica, dentro del Parque Domínico de Avellaneda, sobre la avenida Mitre al 4600. Desde temprano se multiplicaron las columnas espontáneas de fanáticos llegados desde la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano y distintas provincias. Clarín describió por la tarde una cola de siete kilómetros que llegaba hasta el Puente Pueyrredón. Página/12, en su cobertura en vivo, habló de una llegada constante de gente de todo el país. El dato numérico sirve para dar una idea, pero todavía queda corto frente a lo central: no se trata sólo de cuántos fueron, sino de qué tipo de país apareció ahí, comprimido en una vigilia de barrio, bombos, banderas, lágrimas y canciones coreadas como si fueran himnos privados de una comunidad pública.

El Indio fue durante décadas una de las pocas figuras capaces de reunir generaciones y lenguajes sociales muy distintos sin perder espesor simbólico. En la fila del velorio se cruzan ex adolescentes ricoteros que hoy son padres, pibes que conocieron sus canciones por herencia familiar o por plataformas digitales, laburantes que viajaron de madrugada, vendedores ambulantes, fotógrafos, militantes, curiosos, vecinos de Avellaneda y fieles de esa liturgia que nunca necesitó autorización institucional para existir. Lo que se ve en Domínico no es la nostalgia de una escena extinguida sino la persistencia de una cultura popular que todavía encuentra en sus canciones un modo de decir bronca, ternura, pertenencia y desconfianza frente al poder.

La logística del velorio ayuda a dimensionar la magnitud del fenómeno. Según la cobertura de Clarín, el gobierno bonaerense desplegó un operativo con 700 policías, con la posibilidad de ampliarlo hasta 1500 efectivos si la situación lo requiere. A eso se suman tres postas de emergencia, 17 ambulancias, 60 promotores de salud y la preparación de los cuatro hospitales del distrito para responder ante cualquier contingencia. Página/12 agregó que en las inmediaciones se dispusieron siete puntos de hidratación y camiones cisterna para asistir a la multitud. Es difícil encontrar una descripción más precisa del lugar que ocupa Solari en la cultura argentina actual: su despedida obliga a montar un dispositivo similar al de un gran evento deportivo, una movilización política o una festividad religiosa multitudinaria.

La comparación no es retórica. El velorio reúne elementos de las tres cosas. Tiene algo de peregrinación, porque la gente viaja para estar un rato frente al féretro, aunque sea por segundos. Tiene algo de movilización, porque el espacio público se reordena alrededor de un acontecimiento que interpela a las autoridades y exige respuestas de seguridad, salud y transporte. Y tiene algo de recital suspendido en el aire, porque en cada tramo de la fila aparecen coros espontáneos, pogo contenido, vendedores de remeras y banderas, abrazos entre desconocidos y la sensación de que la música sigue organizando la experiencia incluso en el momento del duelo.

En ese punto aparece uno de los aspectos menos explorados de esta jornada: la economía informal y afectiva que rodea a los ritos populares. Clarín registró este domingo la venta de banderas, buzos, remeras, comida y bebida en las inmediaciones del polideportivo. Choripanes, panchos, hamburguesas, vasos de fernet, merchandising improvisado o profesional: todo eso convive con el llanto genuino y con la espera. Lejos de desmentir el dolor, lo vuelve socialmente legible. En la Argentina, las multitudes no sólo lloran; también comen, compran, discuten, recuerdan y convierten una despedida en escena compartida. Esa dimensión callejera explica mejor que cualquier editorial por qué el universo ricotero siempre fue mucho más que una relación entre un artista y su audiencia.

También hay una geografía precisa detrás de este fenómeno. El hecho de que la despedida se haga en Avellaneda, y no en un recinto cerrado del centro porteño, desplaza el mapa habitual de la consagración cultural. La provincia de Buenos Aires y el sur del conurbano aparecen como el territorio lógico de una ceremonia que nunca hubiera encajado del todo en el protocolo elegante de una despedida oficial. El Parque Domínico y el microestadio Gatica funcionan, en este contexto, como una sede con espesor popular propio: un espacio accesible, con memoria barrial y con la escala suficiente para contener, apenas, una escena desbordada. Incluso las indicaciones para llegar al lugar terminaron formando parte de la noticia. Clarín detalló las líneas de colectivo que pasan por la zona y las vías de acceso desde Capital y zona sur, además del levantamiento de peajes desde las 6 de la mañana para facilitar el traslado.

Esa decisión logística dice mucho. El Estado no está sólo administrando un operativo: está reconociendo que el duelo por Solari es un hecho de interés público. La provincia, además, decretó tres días de duelo oficial. El gobierno bonaerense informó que la bandera provincial permanecerá a media asta en los edificios de la administración pública. En un país donde las fronteras entre cultura popular y representación política suelen ser porosas, el gesto no es menor. No se trata de la muerte de un cantante famoso a secas, sino de la partida de una figura que durante más de cuarenta años condensó una parte incómoda, irreverente y profundamente argentina de la vida pública.

Otra escena significativa ocurrió lejos de Avellaneda pero en sintonía con su clima: en Plaza de Mayo se realizó una misa ricotera para despedirlo. Página/12 reportó momentos de tensión y el uso de gases lacrimógenos por parte de la policía en medio del homenaje. Incluso cuando no estaba en ningún escenario, el Indio seguía produciendo reunión, conflicto, fervor y disputa por el espacio público. Su muerte volvió a exhibir esa capacidad de activar una comunidad que no necesita demasiadas consignas para reconocerse.

Por eso el velorio no puede leerse sólo como una noticia de espectáculos ni siquiera como un obituario de ocasión. Lo que está ocurriendo en Villa Domínico es una radiografía en tiempo real de la Argentina popular: una multitud autoorganizada, un repertorio afectivo transmitido durante décadas, un Estado obligado a acompañar, un territorio del conurbano convertido en centro simbólico y una obra que sigue convocando cuando su autor ya no está. Quien mire esta escena con prejuicio verá fanatismo. Quien la mire con honestidad periodística verá algo más complejo: la persistencia de una forma de comunidad que la industria cultural nunca terminó de domesticar.

El cuerpo del Indio está en el microestadio, pero lo que realmente se está velando hoy es una época entera del rock argentino entendida no como museo sino como experiencia vivida. La fila de kilómetros, los bombos, las banderas, la venta ambulante, el despliegue sanitario, las familias con chicos, los grupos llegados desde lejos y el murmullo de letras que todavía funcionan como contraseña colectiva revelan que el vínculo entre Solari y su gente no se parecía al de una celebridad con su fanbase. Era, y sigue siendo en esta despedida, un pacto sentimental de masas.

Tal vez por eso la imagen más potente de la jornada no sea el féretro ni el operativo, sino la espera. Miles de personas esperando para entrar, para cantar, para llorar, para poder decir “yo estuve ahí” en el último capítulo de una historia que atravesó barrios, rutas, canchas, plazas, recitales y generaciones. En tiempos de vínculos fugaces y celebridades fabricadas para el consumo rápido, la despedida del Indio vuelve a demostrar que todavía existen figuras capaces de dejar una huella material sobre el territorio. Avellaneda hoy no aloja un velorio más: aloja una concentración de memoria popular.

Fuentes trabajadas para esta nota: coberturas en vivo y artículos de Clarín, Página/12, La Nación y gacetilla oficial del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires publicadas entre el 5 y el 7 de junio de 2026.